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CORPORACIÓN
EURO AMERICANA DE SEGURIDAD |
NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RIESGOS, NUEVOS RETOS. El que no aplique nuevos remedios, debe esperar nuevos males La Historia se puede visualizar como una sucesión de acontecimientos que de alguna manera acaban vinculándose entre sí a pesar de que ocurren en diferentes momentos y lugares, en donde como en un largo y sinuoso camino, de tramo en tramo se presentan cambios de rumbo, marcados por ciertos eventos, algunos de ellos dramáticos, radicales y en ocasiones de alcance global, los cuales detonan las condiciones de crisis que precipitan dichos cambios. Un buen ejemplo de ello son los acontecimientos que ocurrieron en el período de alrededor de 40 años entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando se gestaron grandes cambios sociales y políticos en todo el mundo, dentro de los cuales se pueden destacar tres eventos, que aparentemente ocurrieron de manera aislada y geográficamente dispersos y alejados entre sí, pero que estuvieron vinculados y en conjunto provocaron cambios globales:
El nuevo siglo no ha escapado a estos fenómenos, y ya desde su inicio se han visto eventos, momentos y lugares que dieron lugar a cambios dramáticos y radicales al estilo de vida en toda la “aldea global” en que se ha convertido la sociedad mundial según el concepto de Marshall McLuhan. Cambios que han incidido en uno de los aspectos más sensibles para cualquier comunidad, la seguridad, precipitados por incidentes asociados a la plaga de nuestro tiempo, el terrorismo, entre los que destacan:
Cuyo efecto ha sido cambiar la condición del ciudadano común de ser una posible víctima circunstancial, un “daño colateral” en los atentados terroristas, a la de ser el blanco principal, directo y primario de los mismos. De tal manera que éste ciudadano común ha pasado de una situación de incertidumbre en la que había estado viviendo, la de “sentirse” inseguro, a una de total certeza, la de “estar” inseguro. Ya no es parte del terreno de caza que de manera “accidental” pudiera resultar dañado, ahora es la presa. Hasta hace algunos años, posteriores al período de la llamada “guerra sucia” de los años 70, en México la imagen de un atentado terrorista se asociaba a las noticias televisivas de lugares lejanos como Israel, Egipto o Irán, por causas que parecían temas de películas de aventuras, como el conflicto en Medio Oriente, las guerras civiles en países africanos, o los conflictos religiosos en Irlanda. Lo más cercano que se llegaba a ubicar era en países sudamericanos bajo dictaduras militares o con problemas de guerrilla. En la década de los años 90 se empezaron a dar confrontaciones entre grupos de delincuentes en sitios públicos causando heridos entre ciudadanos comunes, los famosos “daños colaterales”, como fue el caso del tiroteo del 8 de noviembre de 1992 en la discoteca Christine de Puerto Vallarta, y que progresivamente se han generalizado al grado de amenazar a seres indefensos, como fue el caso del tiroteo cerca del kínder Alegría en la ciudad de Tijuana, el 17 de enero de 2008. Pero sin lugar a dudas, el evento que marca un parteaguas es el atentado del 15 de septiembre de 2008 en la Plaza Melchor Ocampo durante la ceremonia del Grito de la Independencia, en la ciudad de Morelia, Michoacán, porque la agresión ya no fue dirigida contra un grupo de delincuentes rivales, sino contra ciudadanos comunes. Y de manera semejante hace tan solo unos días el 7 de julio, los asesinatos de Benjamin Le Baron y Luis Whitman, líderes de su comunidad contra la delincuencia. En este contexto, un aspecto importante a destacar es que a diferencia de otras partes del mundo en que el objetivo de los terroristas suele ser alguna clase de reivindicación social, política o incluso religiosa, que pudiese de alguna manera retorcida y desde un punto de vista muy particular, darle cierta justificación a sus actos, en nuestro País los agresores son simple y llanamente delincuentes, cuyo único objetivo es preservar la impunidad para mantener su poder y acrecentar su riqueza, por supuesto a costa de los demás. Hoy día la realidad es que en las calles de nuestro País se desarrolla una guerra. Una guerra contra la delincuencia que no se circunscribe a un enfrentamiento entre las fuerzas de la ley y los delincuentes, sino que afecta e involucra a todos. Porque este enemigo de la sociedad, no es un agresor externo, sino uno interno. Probablemente un vecino de nuestra propia comunidad que puede atraer la muerte y la destrucción al umbral de nuestros hogares, al seno de nuestra propia familia. Un enemigo agazapado, enmascarado con un aire de respetabilidad, incluso de aceptación y admiración social, pero sin ninguna clase de escrúpulos o consideraciones humanitarias, y dispuesto a perjudicarnos en su propio beneficio. Y en la guerra contra este enemigo, el ciudadano tiene dos opciones: ayudar a combatirlos corriendo los riesgos que conlleva, o agazaparse y pretender ignorar esta lucha como “algo ajeno”, en una actitud conocida como “el síndrome de Peter Parker”. Los delincuentes, hoy convertidos en verdaderos terroristas, imponen esta más violenta e indiscriminada forma de su antigua doctrina de “plata o plomo” a cualquiera que se atraviese en su camino, ya sean policías o funcionarios a quienes corrompen o asesinan, o bien simples ciudadanos a quienes someten por medio del terror. Y aquellos que piensan que si no se involucran, aun viviendo junto a ellos, estarán a salvo, cometen el mismo error de quienes piensan que si no molestan a la fiera, no los devorará. Esta es la razón de que, por ejemplo, una supuesta “minoría” de alrededor de “tan solo” 200 mil narcotraficantes, según estima el Departamento de Estado norteamericano, pueda imponer condiciones de terror a la “mayoría” de más de 100 millones de habitantes de nuestro País, incluidas en ésta a las autoridades, corporaciones y ciudadanos. Porque se trata de una minoría decidida e integrada por un interés mercenario de beneficios, contra una mayoría no solo dispersa, sino apática, desintegrada y aislada. El sello distintivo de estos nuevos tiempos es un panorama de riesgos que no van a desaparecer tratando de ignorarlos, sino que demandan nuevas actitudes que se inscriben en la línea de la participación ciudadana, dentro de las cuales la movilización y el reclamo social es un buen avance, porque presiona a quienes deben de proteger a la sociedad; pero que desgraciadamente es insuficiente, ya que en palabras de William Shakespeare: Palos y piedras me romperán los huesos, pero las palabras no me herirán. Una mejor posibilidad se deriva porque, como en toda guerra, hay muchas formas de combatir al enemigo, no solo empuñando un arma para enfrentarlo, aspecto para el cual el ciudadano común no está preparado ni obligado. Pero lo que si puede hacer es colaborar a que las armas funcionen, y obligar a que quienes las empuñan lo hagan. La denuncia es la mejor manera para lo primero, ya que aporta la información para que se actúe, y el reclamo social para lo segundo, ya que obliga a las instituciones a actuar. Otra posibilidad es la integración de organizaciones ciudadanas bajo un esquema de alianzas vecinales (“no tenemos que ser amigos, pero nos conviene ser aliados, porque tenemos un enemigo común, la delincuencia”) y enfocadas a acciones de prevención y autoprotección, con o sin el apoyo de las autoridades, que pueden servir como un canal confiable y creíble para la denuncia anónima, así como para la presión y el reclamo social ante las autoridades y corporaciones. Y si la denuncia y el reclamo a las autoridades son insuficientes, siempre es posible hacer algo más. Por ejemplo, ser creativos y decididos para aprovechar las herramientas que han creado la innovación y el avance tecnológico, tales como YouTube, Facebook, y en general todos los recursos de comunicación con las que es posible conservar el anonimato, para hacer público la identidad y ubicación de los delincuentes conocidos, con lo cual éstos se verían expuestos y las autoridades obligadas a actuar. Actuar conlleva riesgos, indudablemente. No actuar también. El caso de Benjamín Le Baron es ejemplo de lo primero, y las víctimas de la delincuencia, circunstanciales, “daños colaterales”, o directas, de lo segundo. Actuar, en cualquier forma que se decida, o no actuar, equivale a optar entre resignarse y esperar a sufrir las consecuencias, o hacer algo al respecto, como lo planteó el extinto John F. Kennedy: No preguntes lo que tu País puede hacer por ti, Pregunta lo que tú puedes hacer por tu País. Nuevos tiempos que conllevan nuevos riesgos, los que a su vez plantean nuevos retos para la sociedad y demandan nuevas formas de respuesta, o tal vez la puesta al día de algunas viejas formas. Buscando para ello la mejor manera de colaborar en esta guerra dentro de las posibilidades de cada uno, asumiendo diversos grados de riesgo según la propia decisión, un poco por patriotismo y un mucho por conveniencia personal, y recordando aquello de … “Piensa / oh Patria querida / que el cielo / un soldado en cada hijo te dio …” Regresar a Inicio |
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