PREVENCIÓN Y
AUTOPROTECCIÓN CIUDADANA.
Una necesidad y
conveniencia personal.
Incertidumbre.
Desconfianza. Temor. Miedo. Estos son los fantasmas de nuestro tiempo,
producto del clima de inseguridad que prevalece en la sociedad, que campean
a sus anchas como un problema social creciente a la manera de una enfermedad
contagiosa que afecta, de una manera u otra, en mayor o menor grado, a
prácticamente toda persona en cualquier comunidad.
Fantasmas que alteran
nuestras vidas, forzándonos a dejar de hacer cosas que nos gustaría hacer,
como ir al cine, al teatro, o simplemente pasear por un parque. Y también a
hacer lo que en otra época, acaso más bucólica, hubiera sido impensable, por
ejemplo, confinarse voluntariamente a vivir y trabajar detrás de rejas, o
adquirir recursos de protección personal, tales como sistemas de video
vigilancia, cercas electrificadas, blindajes, e incluso armas de fuego.
Fantasmas que atentan
contra nuestra necesidad de mayor prioridad, después de las básicas de casa
y sustento: la certeza de nuestra vida y la conservación de nuestras
posesiones, adquiridas a base de un gran esfuerzo. Lo cual socava la base
de confianza en que se sustenta cualquier sociedad, y por ello da lugar a un
reclamo social cada vez más intenso y generalizado hacia las instituciones
responsables de garantizar los legítimos derechos ciudadanos a la seguridad.
Reclamos sociales que por
lo general están enfocados a los fenómenos de delincuencia, de tal manera
que su demanda básicamente se orienta a exigir, con total razón y fundamento
legal y social, un mayor dinamismo y eficacia por parte de las instituciones
para detener a los agentes antisociales causantes de los mismos. Esto en
virtud de la responsabilidad monopólica, fundamental e ineludible del Estado
para garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
Sin embargo, a pesar de
lo legítimo y fundado de estos reclamos, por lo regular adolecen de un
defecto, que parten de una visión y posición unilateral, y de alguna manera
cómoda, acerca del problema de la inseguridad, exigirle a las instituciones,
y esperar a que den una solución satisfactoria y expedita al mismo.
La razón de este defecto,
es que en el mundo real existe un factor limitante inevitable para enfrentar
no sólo el problema de la inseguridad, sino cualquier otro problema social,
y es la INSUFICIENCIA: de personal, de herramientas, de presupuesto y, en
este caso en particular, de conveniencia y aceptación social.
Por ello, no es posible
ni conveniente, si se quiere tener verdaderas posibilidades de éxito, el
depender totalmente de las instituciones para hacer el trabajo. Se requiere
de alguna forma de aportación adicional que ayude a subsanar las condiciones
de insuficiencia. Se requiere que el ciudadano también ponga algo de su
parte.
“La ocasión hace al
ladrón” reza el dicho popular, y este es precisamente el sentido de lo
que puede aportar el ciudadano común para enfrentar al problema de la
inseguridad: no darle al delincuente la oportunidad de hacer sus
fechorías. Y para ello, no se requiere ni grandes conocimientos, o
esfuerzos, o correr riesgos innecesarios.
Simplemente se requiere poner en
práctica ciertas medidas y previsiones, orientadas a evitar esos errores y
omisiones que exponen a la persona a riesgos y peligros. Medidas y
previsiones que constituyen la base de la Cultura de la Previsión y
Autoprotección Ciudadana, la cual plantea una involucración activa del
ciudadano en su entorno personal, como manera de colaboración con las
instituciones en la solución global del problema de la inseguridad.
La forma que adoptan estas medidas y
previsiones, se ubica en dos líneas básicas: la de prevención, orientada a
anular, evitar o al menos reducir las posibilidades de riesgo, y la de
autoprotección, complementaria de la anterior, y que sólo demanda la puesta
en práctica de dichas medidas y previsiones proyectadas.
A manera ilustrativa de
estas formas, el ejemplo de una medida de prevención, podría ser la
colocación de un paso peatonal, y el ejemplo de una medida de
autoprotección, sería usar dicho paso peatonal. Otros ejemplos similares
son: prevención es colocar una cerradura de seguridad, autoprotección es
usarla; prevención es colocar extintores de fuego, autoprotección es saber
usarlos.
La elaboración de estas
medidas sólo requiere de un esfuerzo mínimo por parte del ciudadano,
encauzado a analizar y reflexionar acerca de sus propias condiciones de
riesgo, para establecer dichas previsiones con mayores perspectivas de
efectividad. La mayor exigencia es el cambio de una actitud pasiva por otra
preactiva, en que la persona está dispuesta a pensar y actuar diferente,
dejando de preocuparse por y empezando a ocuparse en.
Es posible describir esta
forma de actitud proactiva, que se podría considerar como típica de esta
cultura de prevención y autoprotección ciudadana, parafraseando al extinto
presidente Kennedy en términos de “no esperar a que alguien nos resuelva
el problema, sino buscar la manera en que se puede colaborar a resolverlo”.
La adopción de esta
cultura no supone que el ciudadano tome el lugar de las corporaciones
públicas, sino por el contrario intensifica su reclamo por una mayor
eficiencia en el cumplimiento de sus responsabilidades, ya que de fondo este
esfuerzo ciudadano constituye una reacción a la realidad de las
insuficiencias institucionales, muchas veces agravadas por condiciones de
deficiencia, cuando no de franca corrupción.
De hecho, estas medidas y
previsiones son el resultado de iniciativas personales, puestas en práctica
ya sea de manera individual o en conjunto con otros ciudadanos, y que se
pueden establecer con el apoyo de las instituciones, sin la participación de
las instituciones, o a pesar de las acciones de las instituciones.
Por ello este enfoque de
participación ciudadana proactiva aporta una innovación de sentido social,
la transformación del ciudadano en un elemento colaborador a la solución del
problema de la inseguridad, con una condición de igualdad y no como
subordinado de las instituciones, bajo la premisa de que, por su efecto
global sobre la sociedad, LA SEGURIDAD ES UN ASUNTO DE TODOS.
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PERFIL DE LA CULTURA DE PREVENCIÓN Y
AUTOPROTECCIÓN CIUDADANA
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ESCENARIO |
PRÁCTICAS RECOMENDADAS |
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Casa Segura |
Integración del
núcleo familiar con base en el afecto filial y apego personal,
intensificando la comunicación abierta y comprensión mutua. Planes
de emergencia “que hacer si”. Se orientan a prevenir riesgos de
adicciones, violencia intrafamiliar, dispersión en situaciones de
desastre, así como cualquier forma de agresiones contra el núcleo
familiar (robos, asaltos, secuestros o “metiches”).
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Calle
Segura |
Alianzas de apoyo
mutuo dentro del espacio vecinal, aprovechando la circunstancia
inevitable de coincidencia en el mismo espacio, con base en un
sentido de conveniencia recíproca, y no de afectos o simpatías. “Me
conviene aliarme, porque son los que siempre están ahí, me guste o
no”. Se orientan a prevenir riesgos de intrusiones o agresiones
contra los vecinos o sus propiedades (robos, asaltos, secuestros,
etc.).
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Comunidad
Segura |
Integración de
grupos familiares, vecinales o comunitarios, con coincidencias de
visión, convicción y disposición hacia los problemas de seguridad,
para establecer programas de acción coordinada de todo tipo, desde
planes para casos de emergencia o desastre, alianzas vecinales, e
incluso la promoción de acciones civiles e iniciativas de ley en la
materia. Se orientan a despertar la conciencia social y activar las
acciones civiles por parte de la ciudadanía (reclamos, fiscalización
a las instituciones, iniciativas de ley, etc.), y su forma típica
son las organizaciones sociales.
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