Cuando el Destino Nos Vuelva a Alcanzar
¿Podremos Sobrevivir al Próximo Desastre?
Publicado en la revista Seguridad en America, en la edición de Septiembre - Octubre de 2011

Erupciones volcánicas, huracanes, terremotos, tsunamis, tornados. De tiempo en tiempo la naturaleza nos hace sentir su fuerza causando desastres en los que la infraestructura de servicios colapsa dejando una secuela de muertos, heridos, atrapados y población desconcertada. Un escenario de gritos de dolor pidiendo ayuda y tal vez algunos rescates exitosos de heridos, que no hay a donde llevarlos porque los escasos hospitales que han quedado en pie están saturados.
Ya ha ocurrido antes, México en 1985, Indonesia en 2004, Nueva Orleans en 2005, Chile y Haití en 2010 y Japón en 2011, por solo citar algunos ejemplos. Y seguramente volverá a ocurrir, por lo que la pregunta inevitable es ¿podremos sobrevivir al próximo desastre?

Los desastres naturales son fenómenos inevitables y en gran parte impredecibles a pesar de los avances tecnológicos para su predicción y detección. Sabemos que van a ocurrir pero no donde y cuando. Podemos tratar de anticipar su magnitud, pero solo reaccionar ante la realidad de los daños causados. Los desastres son la forma en que la naturaleza le dice ¡memento mori! (recuerda que eres mortal) al arrogante rey de la creación. Porque de lo único que se puede tener certeza es que van a causar daños, de tal suerte que existe una evidente necesidad de planes para aminorarlos y reducir en la medida de lo posible sus secuelas sobre la población a través de programas para el manejo de emergencias.

En este aspecto existe un problema de fondo en la elaboración de los planes de emergencia, y es que parten del supuesto de que existirá una estructura de servicio para atender a los lesionados, cuando la realidad es que muy probablemente parte de dicha estructura puede haber quedado destruida. Realidad que se ha hecho manifiesta en desastres como los del terremoto de México en 1985, el tsunami de Indonesia en 2004, el huracán Katrina de Nueva Orleans en 2005, los terremotos de Chile y Haití en 2010, y el más reciente sismo y tsunami de Japón en marzo de este año, cuando la estructura de los servicios de emergencia resultó dañada, y por ende colapsada su capacidad de respuesta.

Las experiencias vividas en Japón por el sismo del pasado mes de marzo mostraron que aun entre las sociedades supuestamente más preparadas para enfrentar un desastre natural, el colapso físico de la estructura de servicios anula cualquier previsión para auxiliar a la población y la deja a la deriva, lo que a su vez puede llevar al colapso funcional de la estructura de servicio que haya quedado utilizable ya que seguramente su capacidad será rebasada ante la llegada masiva de todo tipo de lesionados, desde crisis histéricas hasta lesiones críticas. Todo ello en medio de un ambiente de fuertes alteraciones emocionales, desde el pasmo individual hasta la histeria colectiva.

El escenario en una crisis provocada por un desastre natural es que la capacidad de servicio de la infraestructura sobreviviente será rebasada por la demanda de los lesionados que acudirán a pedir ayuda, con la probabilidad de que los primeros que lleguen sean los de menor gravedad ya que se pueden desplazar más rápidamente o ser trasladados con menor dificultad, y que a pesar de los mecanismos de selección para su admisión (triage), pudieran agotar las escasas facilidades y recursos de atención disponibles, tales como camas, vendas o medicamentos, antes de que lleguen los lesionados de mayor gravedad que tendrían mayor dificultad para desplazarse o ser trasladados.

Ante este tipo de escenario la respuesta obvia es desplegar una capacidad de asistencia que pueda seguir funcionando a pesar del colapso de las estructuras institucionales. Guillermo Prieto en su tiempo señalaba que el pueblo mexicano era capaz de salir siempre adelante con sus líderes, sin sus líderes o a pesar de sus líderes. Y esto quedó plenamente demostrado en los sismos de 1985 en que ante el colapso de las estructuras y los liderazgos institucionales, y sin ninguna preparación técnica en materia de manejo de desastres, la población se organizó espontanea y solidariamente para rescatar y atender a sus heridos. Por ello se puede decir que la respuesta está en la gente.

Respuesta que puede representar un cambio innovador, de fondo, en la concepción de los planes de emergencia, y que consiste en desplegar entre la población una capacidad de autosuficiencia para prestar auxilio en caso de desastres. Lo que implica ir más allá de los formatos actuales que se orientan a la organización de la población para ser evacuada de las zonas de riesgo, con un enfoque pasivo, y reenfocarlo a una forma más proactiva. Una capacidad de autosuficiencia para proporcionar asistencia a los lesionados de menor gravedad que permita aliviar la demanda hacia los centros de emergencia, que así podrían dedicar su capacidad a los lesionados de mayor gravedad.

Para el desarrollo y despliegue de esta capacidad se puede aprovechar a las organizaciones y programas sociales existentes, como las corporaciones de seguridad pública y las fuerzas armadas, que representan una fuerza inicial de 600 mil efectivos, a la que podría agregarse un estimado anual de alrededor de 800 a 900 mil elementos del servicio militar. Otra vertiente aprovechable es el magisterio que solo a nivel federal presume de contar con un millón de agremiados, de tal suerte que con los contingentes estatales podría integrarse una fuerza de entre 1.5 y 2 millones de elementos, lo que proyecta una capacidad de respuesta de 1 elemento de asistencia por cada 30 ó 40 habitantes.

Y esta capacidad de respuesta se podría ir incrementando gradualmente a través de la integración de las organizaciones sociales incluso hasta los estratos vecinales, a fin de llegar al nivel ideal de colocar un recurso de asistencia dentro del tiempo dorado de 4 minutos para atender una emergencia médica grave, como un paro cardiorespiratorio o una hemorragia arterial en cualquier lugar, en cualquier momento. Capacidad que sería útil no solo en los grandes desastres, sino incluso en las emergencias puntuales del día con día, con lo que se contribuiría a aliviar el sempiterno problema de insuficiencia que padecen los servicios de emergencia en todo el País.

Lo interesante de esta posibilidad es que este tipo de programas de verdadera participación ciudadana proactiva, proyectan algunos beneficios de contexto entre los que se pueden destacar el que ayudan a aminorar los muy probables desordenes sociales que se suelen desencadenar en los desastres naturales al darle a la población elementos con que hacer frente por sí misma a los problemas, lo cual reduce las perspectivas de confusión, incertidumbre y desesperación, catalizadores de los desordenes sociales. Porque cuando la gente sabe qué hacer, y está convencida de que es lo más conveniente, lo hace y tiende a conservar cierto orden mientras lo hace. Por razones culturales el pueblo japonés mantuvo el orden a pesar de que las estructuras sociales fallaron en el desastre de 2011. Pero otros pueblos, con bases culturales diferentes tendrán que recurrir a otro tipo de recursos, como darle a la gente algo útil en que ocuparse para que no tenga ocasión de desesperarse.

Por ello ante la pregunta de ¿cómo podremos sobrevivir al próximo desastre?, la respuesta está en la gente, ese recurso inagotable presente en todo lugar, en todo momento. Que al ser la presencia más cercana al problema constituye la mejor opción para prestar un auxilio mucho más oportuno que cualquier otra alternativa. La gente que en los momentos críticos siempre responde como ya lo ha demostrado en el pasado, y que solo necesita aprender para ser más efectivos. Pero esto requiere asumir el reto y la responsabilidad de pensar diferente, de actuar diferente, de atreverse a ser diferente. ¿Estamos dispuestos como individuos y como sociedad a asumir la responsabilidad de ser innovadores? Porque es posible que en esa decisión nos vaya la vida cuando ocurra ese inevitable próximo desastre.
Cuando el destino nos vuelva a alcanzar.

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