Ángeles y Demonios en la Ciudad; de las cabezas a las bombas
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Marzo de 2008

El incidente del bombazo del pasado viernes 15 de febrero en la Ciudad de México, ha removido y socavado, una vez más, las ya de por sí escasas condiciones de confianza entre la población, complicando aún más el escenario social, por la intensificación del clima de inseguridad.

El ciudadano común se siente inerme, ahora ante la posibilidad de ser víctima de un atentado terrorista, que se suma a sus ya normales y cotidianos temores de robos, asaltos, secuestros y violencia, agregándose la posibilidad de balas perdidas por los enfrentamientos entre policías y delincuentes, entre delincuentes, e incluso entre policías.

Consecuencia de ello es la imagen de unas autoridades incapaces de garantizar la seguridad ciudadana por estar ocupados en otros asuntos de mayor importancia para ellos, llámese presidencias legítimas o espurias, pistas de hielo, playas artificiales o túneles del tiempo hacia el 2012, en vez de atender lo que debería de ser su principal preocupación, el bienestar de la comunidad.

Es evidente que estas acciones terroristas provienen de fuerzas obscuras y cobardes que pretenden tomar como su rehén y víctima a la población, ya sea por la vía de las adicciones, o por la muerte sorpresiva en las calles.

Fuerzas obscuras que pretenden establecer un poder sobre la sociedad, pero no para beneficiarla, sino para dañarla. Fuerzas cobardes porque el terrorismo no tiene como su blanco a las fuerzas institucionales, que pudiesen tener alguna capacidad de respuesta, sino a la población que no la tiene, como medio de presionar al propio Estado.

Es evidente también el poder de violencia de estas fuerzas antisociales, que parecen rebasar la capacidad de respuesta de las instituciones, puesto que no sólo actúan con impunidad, sino que son capaces de enfrentar, incluso con éxito, a las fuerzas del Estado.

Y los efectos de esta violencia en las calles no sólo afectan a las propias fuerzas institucionales, sino a cualquier persona que tenga la mala suerte de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, ya sea un kínder en Tijuana, un restaurante en Monterrey, o ahora en una calle de la Ciudad de México.

Pero también es evidente que sólo la fuerza del Estado es capaz de enfrentarlos, por atributos y facultades, para lo cual se requiere de una cohesión y solidez institucional entre los diferentes niveles de gobierno, que hoy día están muy distantes de lograrse, enfrascados como están en conflictos de forma, cuando los problemas son de fondo.

Por todo esto, tal parece que hoy, en esta nuestra gran Capital, se repite la leyenda de la caída de Constantinopla hace más de quinientos años, que cuenta que mientras los otomanos la invadían, los sabios de Europa estaban discutiendo cuántos ángeles cabían en la cabeza de un alfiler, en lugar de acudir en ayuda de la ciudad.

Nuestras sabias autoridades parecen estar más preocupadas por discutir acerca de los ángeles, legítimos o espurios, metiendo sus cabezas de avestruz en los hoyos de sus declaraciones, mientras las cabezas ruedan por la ciudad, y las bombas empiezan a aparecer en las calles.

¿Sería posible que estos sabios tuvieran un momento de lucidez, y dejaran de discutir acerca de los ángeles, hicieran a un lado sus diferencias y controversias, o se las guardaran donde pudieran, y empezaran a combatir a los demonios? Porque los demonios hace tiempo que llegaron a la ciudad. Y andan sueltos.

Después de todo, en alguna parte algunas personas prometieron cumplir con una responsabilidad, mirando en todo por el bien y la prosperidad de la Unión (y el Distrito Federal), y si no lo hiciere así, que el pueblo me lo demande.

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