Realidades de la Protección Civil en México
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Julio de 2008

La historia de la Protección Civil en México, al menos en sus inicios, de cierta forma constituye un buen ejemplo de aquello de tapar el pozo después del niño ahogado, ya que no es sino hasta después de los sismos de 1985, en que su desarrollo se intensifica como reacción a los efectos de esta catástrofe, principalmente los reclamos sociales, a pesar de que desde 1982 la H. Cámara de Senadores ya había adoptado la adición al Protocolo 2 del Tratado de Ginebra que da origen a la Protección Civil a nivel internacional.

Desde el Comité Nacional de Reconstrucción y las primeras bases para un Sistema Nacional y un Programa Nacional de Protección Civil, establecidas en mayo de 1986, se ha recorrido un largo camino hasta el día de hoy, en que se cuenta con una amplia estructura normativa e institucional en la materia, para proteger y salvaguardar a las personas, sus bienes y el medio ambiente en caso de desastres, según lo plantea la Organización Internacional de Protección Civil.

La propuesta más importante de ese momento, que era la conformación de una organización nacional a todos los niveles de gobierno, es hoy una realidad que integra desde la Coordinación General de Protección Civil de la Secretaría de Gobernación, pasando por las Direcciones a nivel estatal, y hasta los Comités a nivel municipal. Todo ello respaldado con legislaciones a todos los niveles, federal, estatal e incluso en bandos municipales.
Se dice que a buen fin, no hay mal inicio, y esto parece ser cierto en el caso de la Protección civil, pues en la mayoría de las ocasiones en que se ha puesto a prueba a toda esta organización, ésta ha respondido con una efectividad aceptable, a pesar de las fallas humanas en la aplicación de los programas, especialmente los de prevención, como han sido los casos de los volcanes del Fuego y Popocatépetl, así como los huracanes anuales, y las inundaciones en las zonas de Veracruz y Tabasco en años recientes.

Sin embargo, a la par del crecimiento normativo en esta materia, en particular en el ámbito de la verificación de su cumplimiento, ha aparecido el virus sempiterno de la corrupción, en el cual no hay víctimas y victimarios, sino simples cómplices. Y hablamos de complicidad en la corrupción, porque unos, los revisados, prefieren pagar por no cumplir con las normas, y otros, los revisores, no tienen ningún escrúpulo en dejar pasar, por dinero, riesgos para los demás.

Las consecuencias de ello son múltiples, y siempre a un costo de vidas humanas, como han sido tantos casos de estructuras que se colapsan, como resultado de un incendio o un sismo. Y ello ocurre por una realidad:

  1. Todas las estructuras anteriores a 1985 NO contemplaban las previsiones actuales de Protección Civil, y por ende hacerles adaptaciones suele resultar muy costoso.
  2. Muchas de las construcciones posteriores a 1985, de inicio contemplan algunas de las previsiones, pero no las conservan, de tal suerte que acaban desarrollando riesgos no visibles, que solo se manifiestan hasta que ocurre un desastre.

Esta situación, aunada a las insuficiencias y lagunas existentes en las legislaciones actuales, abren los espacios de discrecionalidad en que se anida este negocio de corrupción, en el que unos pocos, los cómplices, aparente y momentáneamente ganan, exponiendo a muchos a perder incluso la vida. Y el ejemplo típico de ello, es el caso del Lobohomo, que pasó las revisiones de las autoridades, hasta que ocurrió el desastre, dando como resultado un costo en vidas, un cómplice prófugo, y el otro …por ahí.

Por ello, a menos que se emprenda un fortalecimiento de los marcos normativos, y se transparente la aplicación efectiva de los mecanismos de verificación, las normas de Protección Civil no pasarán de ser una buena intención inicial, que al hacerse realidad se corrompieron y convirtió en un buen negocio, en donde se seguirán tapando los pozos después de que se ahoguen los niños. Y el problema es que todos los días se abren nuevos pozos a los que se les colocan tapas de papel (moneda, por supuesto).

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