Usos, Abusos y Mal uso de la Videovigilancia en México
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Julio de 2008

Los sistemas de video vigilancia, también conocidos como CCTV o circuitos cerrados de televisión, aunque su concepto de cerrado ya ha sido ampliamente rebasado merced a los avances en comunicaciones, se han convertido en un recurso tecnológico de creciente popularidad como apoyo a las tareas de seguridad.

Las principales causas de esta proliferación son los costos cada día mas reducidos de esta tecnología, sus dimensiones cada día menores, sus capacidades cada día mayores y más sofisticadas, y sobre todo, su empatía con lo que se puede considerar como la forma en que funciona el ser humano: visualmente.

Sin embargo, como suele ocurrir con todo lo que tiene éxito, el aprovechamiento de este recurso no sólo se ha enfocado hacia aplicaciones que aportan una utilidad positiva, sino que también se han distorsionado en formas que se podrían considerar de abuso, e incluso de un mal uso del recurso.

La aplicación más común de un sistema de video vigilancia es, precisamente, en las tareas de observación típicas de la vigilancia, en las cuales cada una de las cámaras del sistema actúa virtualmente como un elemento más de vigilancia, con la ventaja sobre el elemento humano en que nunca se cansa, ni se distrae, ni se queja, ni deja el trabajo.

Y esto, a un costo mucho menor, ya que sólo se requiere su adquisición, prácticamente sin necesidad de gastos adicionales por conceptos de mantenimiento, contra una perspectiva de gasto continuo por concepto de sueldos y beneficios laborales, además de la posibilidad permanente de ausencias y rotación de personal en el factor humano.

Por ello, el uso de un sistema de video vigilancia representa, sin lugar a dudas, una aportación significativamente favorable para propósitos de efectividad en las tareas de seguridad, tanto en términos funcionales y operativos, como de costo beneficio en el aspecto monetario.

Las ventajes de las capacidades funcionales y operativas, así como de costo de esta tecnología, han abierto la puerta al abuso de la misma, al utilizarse en formas que se pueden considerar como agresivas, en ocasiones bajo una justificación de seguridad un tanto relativa, en actividades de vigilancia encubierta, clandestina o simple espionaje.

Así, todos los días podemos ver a través de los medios, imágenes del tipo cámara escondida tomadas por celulares, que si bien en ocasiones aportan de manera positiva, como el caso de la impericia policial en la discoteca News Divine, en la mayoría rondan cuando no rompen con referentes éticos, morales e incluso legales, como es la exhibición en Internet de las peleas entre adolescentes, o de las relaciones supuestamente íntimas entre parejas que después venden a los medios, o de los sobornos a funcionarios exhibidos a través de los medios, como los casos de Carlos Ahumada y el Niño Verde.

En este sentido, no es que esta tecnología sea mala, sino que el problema es la persona responsable del uso que se le ha dado, de la misma forma en que el responsable de cualquier accidente de tráfico (choque, atropellamiento, etc.), no es el vehículo, sino el conductor del mismo.



Cualquier recurso tecnológico, por más sofisticado que sea, carece de la capacidad de discernimiento que es un atributo exclusivamente humano. Este premisa se suele olvidar ante las facilidades que ofrece la tecnología, lo que induce a delegar en ésta, tareas que requieren de alguna forma constante de valoración, como son las tareas de seguridad.

En el caso de los sistemas de video vigilancia, es verdad que cada cámara aporta la capacidad de observación de un elemento humano a un costo mucho menor, pero lo que no se tiene en cuenta es que estos compañeros de alguna manera son autistas y discapacitados, porque aunque pueden ver, no pueden escuchar ni hablar. Más aún, no se dan cuenta de si lo que están viendo es un problema o no.

Por ello, disponer de un sistema de video vigilancia, sin contar con un elemento humano que vea y valore lo que pasa, anula totalmente la posibilidad de una respuesta oportuna, que evite el daño. Tener o no un elemento humano detrás de las cámaras, plantea la gran diferencia entre sacar al niño del pozo en que ha caído, antes de que se ahogue, y buscar los responsables de haber dejado abierto el pozo en el que se ahogó el niño.

Los casos del asalto a la camioneta de valores, que fue captado por las cámaras de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (¿qué estaban viendo los monitoristas del Centro de Monitoreo?), o del robo a la joyería (¿podría un monitorista haber dado la voz de alerta en algún momento de todo el tiempo que estuvieron los ladrones dentro de la joyería?), son ilustrativos muy claros de esta diferencia.

La tecnología, cualquier forma de tecnología, aún en las formas más sofisticadas, no deja de ser un recurso que ayuda a hacer el trabajo, pero que no puede hacer el trabajo por sí misma. Olvidar o prescindir del factor humano, por aparentes cuestiones de costo, suele ser un error que a largo plazo, resulta ser más costoso.

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