No tiene la culpa el indio ...
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de enero de 2009

Ante la percepción del creciente y acelerado deterioro de las condiciones de seguridad en la sociedad, se han exacerbado las emociones de la ciudadanía al grado de hacerles adoptar posiciones radicales, antaño rechazadas, como soluciones aceptables a este problema, derivado de sus sentimientos de desencanto y desesperación presentes en un ambiente de desestabilización social e ingobernabilidad.

Sin embargo este enfoque de confrontación, basado en la premisa de soluciones extremas para situaciones extremas, no es siempre lo adecuado o lo efectivo como alternativa de solución, ya que en ocasiones producen un efecto contraproducente al deseado, pues en vez de disuadir a la delincuencia lo que provocan es la radicalización de sus modos de operación, por lo regular en forma de crueldad y violencia.

Por ello, y sin descartar la alternativa de las soluciones radicales, en ciertos casos la mejor manera de resolver los problemas es atacándolos en sus causas y no en sus consecuencias, anulando los factores que les dan origen y que los mantienen, los cuales son posible identificar al dar respuesta a preguntas tales como ¿por qué se crea el problema? y ¿cómo y por qué existen y subsisten como problemas?

En este sentido se tiene que algunas formas de la inseguridad existen y prevalecen porque es un negocio en el que alguien se beneficia y otro alguien lo sostiene. En particular, el narcotráfico existe y subsiste porque alguien consume sus productos, y el robo también existe y subsiste porque hay alguien que compra sus productos. Y así con otros delitos en una virtual cadena de complicidad por conveniencia y complacencia.

En estas formas de la inseguridad, en realidad de delincuencia, la responsabilidad no recae sólo en los delincuentes sino también en aquella parte de la sociedad que los solapa. Y esto se puede ilustrar con las cantidades demenciales de dinero que maneja la delincuencia, y los furibundos señalamientos sociales hacia quienes se dejan sobornar, olvidando la cuestión básica de ¿quién y cómo les proporcionó ese dinero?

Se presenta un fenómeno muy peculiar, y es que entre mayor responsabilidad comparte la sociedad con la delincuencia, más enfáticos son los señalamientos contra los delincuentes como si éstos fuesen los únicos responsables de la inseguridad, convirtiendo a los cómplices en víctimas. Como una especie de rito de purificación de las culpas sociales, que no es más que una simple y cobarde negación de las mismas.

En estas condiciones, bien podría darse una respuesta semejante por la delincuencia, minimizando o de plano negando su parte de responsabilidad, diciendo que, después de todo, No tiene la culpa el narcotraficante, sino el adicto que lo mantiene, o bien No tiene la culpa el ladrón, sino el que compra los productos robados. Con una dosis similar de razón y de hipocresía, que en la actitud de olvido de la sociedad.

La inseguridad es un mal social que se puede enfrentar con alternativas similares a como se trata un tumor canceroso, esto es, a través de una confrontación de fuerza contra fuerza, con lo cual se corre el riesgo circunstancial de dañar inocentes, así como un riesgo mayor de fortalecerlo y provocar que se extienda. O bien, enfocándose a anular las fuentes que lo nutren, hasta que muera por inanición.

La cuestión es que para acabar con estos males sociales mediante una estrategia de inanición, se requiere de un amplio y decidido proceso de integración de voluntades y solidaridad social. La historia ya ha mostrado que esto es posible, incluso al grado de movilizar poblaciones enteras, pero que se requiere de esfuerzos y convicciones sólidas, como lo fue la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos en los 60s.

Entre 1955 y 1956, la población afroamericana de la ciudad de Montgomery, Alabama, en los Estados Unidos, dio una de las mayores y más claras muestras de lo que la convicción y la voluntad de una comunidad puede hacer. Durante 382 días, bajo la lluvia, la nieve y el calor, hombres y mujeres, niños y ancianos, caminaron sacrificando su comodidad por su dignidad, hasta que lograron lo que parecía imposible, la integración racial.

Hoy día enfrentar a la delincuencia parece ser una tarea más colosal que enfrentar al Imperio Británico en los 40s y 50s, como lo hicieron los hindúes para conseguir su independencia, o al establishment en los Estados Unidos de los 60s, como lo hicieron los afroamericanos para lograr la integración racial. Y sin embargo, por más colosal que parezca, es posible, aunque ciertamente implica un costo, en realidad algo que sacrificar.

La disyuntiva que enfrenta la sociedad ante la delincuencia es muy simple: seguir solapando y manteniendo al indio, haciéndose su cómplices en su propio perjuicio, o dejar de hacerlo y abrir mejores oportunidades para las futuras generaciones. Para ello, la sociedad debe tomar una decisión ¿qué está dispuesta a hacer, incluso a sacrificar, para proteger a sus hijos? Parafraseando las palabras de John F. Kennedy.

No preguntes lo que la sociedad puede hacer por ti.
Pregunta qué puedes hacer tú por la sociedad.

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