Luces y sombras de la videovigilancia
Publicado en la revista Seguridad en America, en la edición de Enero - Febrero de 2009

Es indudable que hoy día los sistemas de video vigilancia, también conocidos como CCTV o circuitos cerrados de televisión, se han convertido en un recurso tecnológico de creciente popularidad como apoyo a las tareas de seguridad, donde el concepto de cerrado ya sólo se refiere a la privacidad, porque en cuanto a ubicación ya ha sido rebasado por las facilidades de comunicación que permiten operar desde sitios remotos.

Entre las principales causas de esta proliferación podemos destacar los costos cada día mas reducidos de esta tecnología, sus dimensiones cada día menores, sus capacidades cada día mayores y más sofisticadas, sus facilidades de manejo aún por personal no especializado, y sobre todo, porque su operación es totalmente compatible con la forma en que mejor funciona el ser humano, visualmente.

Sin embargo, como suele ocurrir con todo lo exitoso, el uso de este recurso no sólo se ha canalizado hacia formas con un perfil de beneficio que es posible calificar de legítimo, sino que también se han dirigido hacia otras que se podrían considerar de abuso, e incluso de un mal uso del recurso, en lo que parece un juego de luces que deslumbran y sombras que ocultan, y que mezcladas no dejan ver la realidad.

Entre los beneficios que se obtienen se destaca la aplicación más común de un sistema de video vigilancia, que es en las tareas de observación típicas de la vigilancia, en la cual cada una de las cámaras del sistema actúa virtualmente como un elemento de presencia, con la ventaja sobre el elemento humano en que nunca se cansa, ni se distrae, ni se queja, ni abandona el trabajo.

Y esto con un costo mucho menor, ya que sólo se requiere efectuar un gasto por la adquisición inicial del recurso, y prácticamente sin necesidad de gastos adicionales por conceptos de mantenimiento, contra una perspectiva de gasto continuo por concepto de sueldos y beneficios laborales, además de la posibilidad permanente de ausencias y rotación de personal en el factor humano.

A manera ilustrativa, se podría considerar el caso de un sistema profesional de video vigilancia de 4 cámaras del tipo día / noche para interior, integrados hacia una grabadora digital con facilidades de detección de movimiento, que tendría un costo de hasta US$1,500, con lo cual se dispondría de una capacidad de vigilancia equivalente a la de 4 elementos humanos presentes, cuyo costo sería de US$6,400 mensuales.

Por ello, el uso de un sistema de video vigilancia parece proyectar, al menos en principio, una aportación significativamente favorable para propósitos de efectividad en la realización de las tareas de seguridad, tanto desde un punto de vista funcional y operativo por la continuidad de desempeño, como en términos de costo - beneficio por la reducción en el aspecto monetario.

Por su parte, uno de los aspectos negativos es que las capacidades funcionales, las facilidades para su manejo y sobre todo el costo de esta tecnología, también han abierto la puerta al abuso de la misma, al utilizarse en formas que se pueden considerar como invasivas de la privacidad, en ocasiones bajo la justificación de una supuesta seguridad un tanto relativa, en actividades de vigilancia encubierta, clandestina o simple espionaje.

Es así que prácticamente todos los días podemos ver a través de los diversos medios masivos de comunicación, la exhibición de imágenes del tipo cámara escondida tomadas por celulares, que si bien en ocasiones aportan algo positivo, como lo fue la muestra de la impericia policial en el caso de la discoteca News Divine, en la mayoría rondan cuando no rompen con referentes éticos, morales e incluso legales.

Casos de este tipo son, entre los más destacados, la difusión en Internet de las peleas entre adolescentes, el famoso bullying, o de las relaciones íntimas entre parejas que después se venden a los medios, o de las prácticas de corrupción exhibidas a través de los mismos medios, como fueron los presuntos casos de soborno en que se involucraron a algunos funcionarios y empresarios.

Y en este sentido, a pesar de lo que pueden pensar con cierta justificada razón las víctimas de tales exhibiciones, no es que la tecnología de video vigilancia sea mala en sí misma, sino que lo malo es el uso que se le ha dado, de la misma forma en que el responsable de cualquier accidente de tráfico (choque, atropellamiento, etc.), no es el vehículo, sino el conductor del mismo.

Asimismo, otro aspecto negativo se refiere a una expectativa errónea, ya que cualquier recurso tecnológico, por más sofisticado que sea, carece de la capacidad de discernimiento que es un atributo exclusivamente humano. Principio que se suele olvidar ante las facilidades que ofrece la tecnología, lo que induce a delegar en ésta, tareas que requieren de alguna forma de valoración, como es el caso de las tareas de seguridad.

Es verdad que en los sistemas de video vigilancia, cada cámara aporta capacidad de observación a un costo mucho menor que un elemento humano presente, pero lo que no se tiene en cuenta es que estos elementos son de alguna manera autistas y discapacitados, porque aunque pueden ver, no pueden escuchar ni hablar. Más aún, no se dan cuenta de si lo que están viendo es un problema o no.

De aquí que, tener un sistema de video vigilancia sin un elemento que comprenda y valore lo que pasa, anula totalmente la posibilidad de una respuesta oportuna, que evite el daño. Tener o no este elemento detrás de las cámaras, plantea la gran diferencia entre sacar al niño del pozo en que ha caído, antes de que se ahogue, y buscar los responsables de haber dejado abierto el pozo en el que se ahogó el niño.

Los casos del asalto a la camioneta de valores, que fue captado por las cámaras de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (¿qué estaban viendo los monitoristas del Centro de Monitoreo?), o del robo a la joyería (¿podría un monitorista haber dado la voz de alerta en algún momento de todo el tiempo que estuvieron los ladrones dentro de la joyería?), son ilustrativos muy claros de esta diferencia.

La tecnología, cualquier forma de tecnología, aún en sus formas más sofisticadas y complejas, no deja de ser un recurso que ayuda a hacer el trabajo, pero que no puede hacer el trabajo por sí misma. Olvidar o prescindir del factor humano, por aparentes cuestiones de economía, suele ser un error que a largo plazo, paradójicamente puede resultar ser más costoso, ya que lo barato sale caro.

En este sentido, si únicamente se cuenta con el sistema se podría saber qué y cómo pasaron las cosas, a la vista de los daños, de tal suerte que la aparente economía de costo hace que se pierda capacidad de detección e intervención oportuna, ya que faltaría que alguien se percatara de que hay problemas, y en consecuencia pudiera tomar las acciones pertinentes para resolverlos, y tal vez evitar los daños.

La disyuntiva que se presenta es simple, ¿qué se prefiere? ¿prevenir o remediar? Que de alguna manera equivale a ¿evitar que me roben o perseguir al que me robó? Y la solución puede ser tan simple como adicionar un componente más, el monitoreo, que con un costo de alrededor de US$200 mensuales en el ejemplo descrito, cubre la deficiencia de la condición autista del sistema, inherente a cualquier solución tecnológica.

Por ello es conveniente considerar el siguiente cuestionamiento para decidir el alcance de una inversión en tecnología, ¿Cuánto vale lo que quiero proteger? ¿Cuánto cuesta protegerlo? A fin de evitar que el costo de un recurso, en este caso el de un sistema de video vigilancia, se puede convertir en un gasto de utilidad cuestionable si se prescinde, por cuestiones de una mal pretendida economía, de ese elemento adicional que a final de cuentas cubre la deficiencia que anula lo que podría ser su verdadera aportación de efectividad, que para las aplicaciones en seguridad, sería evitar los daños, en lugar de buscar a los responsables de ellos.

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