Biometría, ¿tecnología al límite?
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Marzo de 2009

En la actualidad la Biometría se proyecta como un ícono del progreso tecnológico, por la sofisticación y espectacularidad de sus formas y aplicaciones. Con una gran variedad de mecanismos de identificación que van desde el simple reconocimiento de la palma de la mano, hasta las más complejas de huellas digitales, iris, y en el futuro posiblemente de ADN, crean admiración y confianza.

Y sin embargo, aún con toda esta imagen de espectacularidad y sofisticación tecnológica, en el fondo estos instrumentos no son más que el equivalente a una llave por medio de la cual se franquea un control de acceso. Aunque ciertamente un mecanismo de llave muy confiable y efectivo sustentado en alguna forma de aplicación de tecnología.

En este sentido no se debe perder de vista que el propósito funcional de un control de acceso, contra la creencia común, no es evitarlo sino permitirlo, pero restringiéndolo para ciertas condiciones de permisividad. De tal manera que el problema fundamental es establecer una forma infalible para identificar cuando se cumplen tales condiciones, mediante algún mecanismo de llave.

Por ello, a lo largo de la historia uno de los retos de la tecnología en este campo ha sido desarrollar esos instrumentos infalibles, lo cual se ha logrado de manera progresiva por medio de una gran diversidad de instrumentos que van desde los candados, las cerraduras con combinaciones simples o complejas, los sensores de banda magnética o de proximidad, hasta los recursos de biometría.

Para lo cual este proceso de desarrollo tecnológico se ha orientado hacia dos objetivos: mejorar la confiabilidad en la autentificación, y dificultar la replicación no autorizada del instrumento de franqueo. En donde se ha enfrentado a la eterna limitación de que lo que la tecnología puede hacer, la misma u otra tecnología lo puede deshacer, de tal manera que ante cada logro o avance, siempre ha surgido alguna contramedida.

Hoy día la tecnología parece haber encontrado ese instrumento infalible en el organismo humano, ya que sus características físico-biológicas son casi imposibles de duplicar y mucho menos de trasladar a otro portador, de tal manera que ofrece respuestas convenientes y aparentemente definitivas a los dos objetivos de autentificación y no replicación del instrumento de franqueo.

En este sentido es paradójico que, a final de cuentas, la tecnología ha encontrado la infalibilidad buscada en lo natural, con lo que parece cerrarse un círculo de vuelta a la naturaleza. La tecnología parece haber regresado a su origen, lo que lleva a preguntarse si ha encontrado su límite. Y sin embargo, bajo esta aparente infalibilidad, subyacen algunas cuestiones que pueden hacerla no tan infalible.

El primer problema es que el organismo humano, por su naturaleza de ente biológico, NO ES INMUTABLE y experimenta cambios con el tiempo, en mayor o menor medida dependiendo de su edad. Y estos cambios, algunos naturales y otros no tanto, vuelven en su contra tal vez su mayor ventaja, la dificultad, casi imposibilidad de obtener un duplicado de la llave.

Por ejemplo, la mano puede crecer y si bien no cambia las huellas digitales, si su geometría, o incluso su presencia, porque puede alterarla o incluso perderla en un accidente. Algo similar podría ocurrir con otros órganos, como alterar o perder los ojos, lo que harían imposible el reconocimiento de iris o de retina. Y en estos casos sería imposible obtener un duplicado, excepto el caso de ADN en gemelos idénticos.

La respuesta a esta posibilidad es muy simple, y consiste en considerar, dentro del mecanismo biométrico la posibilidad de modificar la información de autentificación, de tal manera que si pierden una mano, se registran los datos de la otra, o si se pierde un ojo, se registran los datos del otro, y así sucesivamente, en un procedimiento equivalente a, si no puedo duplicar la llave, cambio la combinación y elaboro otra llave.

Pero la habilitación de esta facilidad abre la oportunidad para un segundo problema, y es que al abrir una puerta trasera, nadie garantiza que no se use de manera incorrecta, en especial considerando que el 80% de los casos de rupturas de seguridad tienen una responsabilidad, o al menos complicidad, interna. Así, no es necesario afrontar riesgos para sacar un duplicado de la llave original, si se puede crear otra nueva.

En estas condiciones, ya no importa que tan sofisticado y a prueba de fallas o de intrusiones sea el mecanismo detector de los atributos bio-físicos, desde el momento en que es posible colocar alguna forma de puente, o diablito, que lo evada y así lo anule y engañe al sistema, generalmente informático, a cargo de la interpretación y verificación de los datos. Si alguien abre la puerta por dentro, ¿para qué quiero llave?

El factor humano siempre podrá imponerse a la tecnología, sin importar cuan sofisticada y presuntamente a prueba de fallas sea, porque a fin de cuentas, es una creación humana. Y mientras no lleguemos a un mundo en que las máquinas se reproduzcan a sí mismas, y ya no necesiten del factor humano, siempre habrá espacio para más desarrollo de tecnología, en un ciclo continuo de avances y contramedidas.

Por ello, a pesar de la sofisticación y espectacularidad de los avances actuales en Biometría, aún no se ha llegado al límite de lo que puede hacer la tecnología en esta materia. Aún hay espacios para nuevas ideas y nuevos desarrollos. Aún hay oportunidades para la creatividad, favorable y adversa. Por ahora, todavía el cielo es el límite.

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