Y entonces, ¿qué hacemos con los malos?
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Junio - Julio de 2009

La lucha contra la delincuencia en nuestro País en ciertos momentos parece ser una pesadilla interminable. Una historia de horrores sin fin en la cual los malos siempre ganan, de una u otra forma, mientras los buenos se quedan con su impotencia, frustración, e incluso desesperación por una justicia que parece un sueño imposible, inalcanzable. Y las estadísticas en este sentido confirman de manera abrumadora tal percepción.

De acuerdo al Centro de Investigación para el Desarrollo, A.C., la impunidad en México es del 98.76% ya que sólo se procesa el 1.24% de los delitos, si bien con alta efectividad en averiguaciones previas, ya que se inician en un 97% de las denuncias, pero con alrededor del 33 % en el cumplimiento de órdenes de aprehensión, con un 11% de consignaciones en general y del 20% en homicidios, para una efectividad de resolución del 15%, con un resultado del 1.76% de presuntos responsables detenidos, y 72.7% de ellos condenados.

En este contexto, el 22.1 % de los delitos denunciados son de alto impacto social, esto es que involucran violencia y/o la participación del crimen organizado, y por ello influyen en mayor grado sobre la percepción social. Y es precisamente en éste ámbito en el que incide el mayor grado de impunidad, ya que, de acuerdo a esta misma fuente de estadísticas, el 75% de los recursos de procuración de justicia se orientan a los delitos de menor gravedad.

Y sin embargo, a pesar de todas estas adversidades, en algunos casos se logra detener a los culpables y someterlos a la justicia. Pero lo que se esperaría fuera un final feliz de cuento de hadas, un y se hizo justicia equivalente al y vivieron felices, donde esos culpables son condenados y reciben su castigo, se inicia otra historia de horror en la cual los malos, usando su poder económico y algunas triquiñuelas legales o incluso mediáticas, aminoran cuando no evaden el castigo.

Errores y omisiones en la procuración de justicia, cuando no casos francos de corrupción; lagunas, trucos y argucias legales respaldados con un poder económico muchas veces construido a través del delito que se pretende castigar; e incluso con el apoyo de movimientos sociales conseguidos a través de manejos mediáticos, concurren para defender y proteger a quienes antes fueron victimarios y al momento de someterse a la justicia se presentan como víctimas de esa misma justicia.

Los malos son los elementos criminales de la sociedad, esto es personas que, a diferencia del delincuente circunstancial, han decidido hacer del delito su forma de vida. Aquellos que voluntariamente han decidido quebrantar las leyes y afectar a la sociedad, de manera individual o colectiva. Que han decidido hacer daño a sus semejantes para vivir bien, en ocasiones mucho mejor que sus víctimas, sin tener ningún escrúpulo ni consideración por éstas, despojándolas de sus bienes, su bienestar e incluso su vida.

Criminales son, en este contexto, el ratero, el ladrón, el asaltante y el defraudador, que despojan a otros de su patrimonio construido a base de esfuerzo y sacrificio. Criminales son los narcotraficantes de todo nivel, que dañan la salud y la integridad física de los adictos. Criminales son los secuestradores, que lastiman, lesionan a sus víctimas y sus familias. Criminales son, en suma, los que consiguen su bienestar perjudicando a sus semejantes. Parásitos sociales que viven de los demás.

Y estos criminales son quienes, después de haber sido victimarios, al enfrentar los mecanismos de justicia se vuelven víctimas, beneficiándose de consideraciones humanitarias que en su momento no tuvieron para con sus víctimas, incluso con el apoyo de todo tipo de organizaciones sociales para que no sufran injusticias y puedan rehacer su vida. Beneficiados aun cuando sean condenados, alojados y alimentados por la sociedad a la que lastimaron y disfrutando de privilegios por sus fortunas mal habidas.

Ante el recrudecimiento de la criminalidad y la violencia, la sociedad parece haberse cansado de tener que mantener a estos parásitos mientras están en prisión, y después tener que recibirlos y tolerarlos en su seno al concluir su reclusión, que no su castigo, al grado de que hoy día se ha intensificado el debate acerca del castigo a los malos, con reclamos sociales que llegan hasta medidas extremas, como la pena de muerte y la prisión perpetua.

Sin embargo, en el fondo de este debate y estas propuestas radicales, extremas, asoma más un deseo de venganza que un sentido de justicia, ya que parece perderse de vista un cuestionamiento fundamental respecto a en qué debe consistir la sanción, en un castigo o en una rehabilitación. Si la sanción debe ser un tiempo de reclusión, un castigo, como al niño que se le pone contra la pared, o un proceso de rehabilitación, que debe durar hasta que el criminal esté preparado para reintegrarse a la sociedad sin dañarla.

El índice de reincidencia entre los primo delincuentes y criminales de alto impacto, y los casos harto conocidos y publicitados de supuestos reos que gozan de todo tipo de privilegios en su reclusión merced a su poder económico mal habido, y que al salir tienen a sus fortunas y propiedades esperándolos para seguir delinquiendo, son una muestra clara que el enfoque de castigo no solo es insuficiente, sino inadecuado e injusto para la propia sociedad, indefensa ante estos criminales.

Como consecuencia, inevitablemente se plantea una pregunta de fondo para este debate: ¿es posible que alguien que se ha acostumbrado a vivir con toda clase de lujos y comodidades a costa de perjudicar a los demás, será capaz de renunciar a todo ello y vivir tan solo de su esfuerzo, incluso con penurias y sacrificios, sabiendo que es muy fácil regresar a la comodidad y los privilegios? La respuesta es muy simple, clara y directa: si es posible, pero es muy poco probable.

Ante ello, siendo evidente que los mecanismos actuales de justicia no funcionan adecuadamente, y el rechazo de medidas radicales y extremas por principios básicos de civilización y humanitarismo, se plantea un reto a los críticos de uno y otro lado. Y entonces, ¿qué hacemos con los malos? ¿Cómo sancionar a quienes dañen a otros? ¿Cómo resarcir a quienes resultaron dañados? Y sobre todo ¿cómo proteger a la sociedad y evitar que se reintegre alguien que pueda dañarla nuevamente?

Es indudable que ha habido avances en este tema, con iniciativas como la Ley de Extinción de Dominio y el endurecimiento de las penas de reclusión. Pero todo este avance, no ataca la cuestión de fondo, porque su sentido sigue siendo de castigo y no de rehabilitación. Porque a final de cuentas, lo que se reintegra a la sociedad son elementos criminales más especializados, más violentos, más crueles. Una minoría que, por un lado solapada y por otro lado con violencia, se impone a la mayoría.

Una minoría que por ejemplo en el caso del narcotráfico, de acuerdo al Departamento de Estado norteamericano, es de alrededor de 500 mil personas, de ellas 200 mil involucradas directamente en la operación, fuente de la violencia que sacude hoy día a la sociedad, y el resto dedicados a la siembra de enervantes. Y sin embargo, este supuesto 0.5% de la población mexicana, gran parte de ellos avanzados y avezados alumnos de los reclusorios, ha logrado imponer condiciones de vida al 99.5% restante.

Por ello, tal vez habría que convocar a las personas y organizaciones ocupadas en proteger a los presuntos delincuentes de la injusticia de las instituciones, a ocuparse también en proteger a la sociedad de los elementos criminales. Para lo cual no basta con decir lo que está mal, lo que hasta un chimpancé lobotomizado puede hacer, sin proponer algo para corregirlo. Recordando el principio de que en una democracia, el interés y beneficio de la mayoría prevalece sobre el de la minoría, y sobre el de los individuos.

El interés de la sociedad en general, la mayoría, debe prevalecer sobre el de los elementos criminales que han pretendido dañarla, una evidente minoría, por lo que tiene todo el derecho de protegerse de ellos, sin recurrir a medidas radicales extremas, pero tampoco permitiendo la reintegración de quienes pueden volver a dañarla. Y si para ello los mecanismos actuales no funcionan, habrá que crear nuevos, adaptándose a las exigencias de los nuevos tiempos.

Recordar las palabras de Francis Bacon, el que no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador, y buscar nuevos enfoques. Tal vez pasar de las frases hechas a los hechos, y dejar de calificar a los criminales como esa parte enferma de la sociedad, y empezar a tratarlos como tales, como unos enfermos que necesitan de un tratamiento, cuya enfermedad será su capacidad y voluntad para dañar a la sociedad.

En este orden de ideas, habrá enfermos con padecimientos menores que solo necesitan de un pequeño período de cura, así como otros con discapacidades que no pueden vivir sin alguna forma de vigilancia de por vida, y otros más que definitivamente deben ser aislados para no contagiar a los demás. Y aunque aún entre los desahuciados, algunas veces ocurren milagros, siempre se hace prevalecer el bienestar de las mayorías, por mas crueles que lleguen a ser las decisiones al separar a los enfermos para no acabar enfermando al resto de la sociedad.

Así, habrá delincuentes que puedan reintegrarse rápidamente a la sociedad, habrá otros que deban ser sometidos a una vigilancia por algún tiempo más o menos prolongado, y finalmente habrá otros que definitivamente deben permanecer aislados de la sociedad. Y si bien se deben preservar los derechos humanos del individuo, tal vez sea más importante cuidar de los derechos de la mayoría de los individuos, haciéndolo prevalecer sobre los de las minorías. De estas minorías que han decidido perjudicar a la sociedad.

Si para proteger la salud de la sociedad, hoy día se aísla y/o se tutela a quienes no tienen más culpa que haber sido víctimas de un contagio, de un accidente o incluso de alguna agresión, por tiempos indefinidos e incluso de manera permanente, con lo que de alguna manera se coarta y se lesiona su libre goce de los derechos humanos, ¿por qué no hacer algo similar con este otro tipo de enfermos, que a diferencia de los otros, estos por propia voluntad han adquirido esa enfermedad que daña a la sociedad?

Nadie se opone al aislamiento de quienes en una epidemia pueden llegar a infectar a los demás. De hecho, si no se les aísla o se le deja salir antes de que se cure, se levanta la protesta social por poner en peligro la sociedad, y se exige que se mantenga separado, sin importar si se violan sus derechos humanos. Virtualmente son sentenciados a una reclusión indeterminada sin ser culpables de ningún delito. Y no se les elimina, como ocurría en otro tiempo no tan lejano, porque somos civilizados.

¿Por qué entonces se ha de respetar y hacer prevalecer los derechos de esa otra clase de individuos enfermos, minoría que han decidido dañar a la sociedad? Sin recurrir a extremos de barbarie como la pena de muerte, de manera similar a que no se asesina a los desahuciados, ¿por qué liberarlos y exponer a la sociedad, sin que se hayan curado? Y si esta no es la mejor manera de proteger a la sociedad, entonces ¿cuál es la adecuada? Por ello la pregunta, ya que lo que existe es insuficiente, entonces, ¿qué hacemos con los malos?

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