... Y un sepulcro para ellos de honor ...
Publicado en la revista Más Seguridad, en la edición de Junio - Julio de 2009

La parte más cruel y al mismo tiempo más común de una guerra, de cualquier guerra, son los caídos, combatientes y no combatientes. Y aunque en la actualidad en un conflicto todos corren riesgos, los combatientes son la fuente primaria con que se surte la cuota de sangre inherente a una guerra. Porque son los combatientes quienes enfrentan directamente los riesgos. En eso consiste su trabajo. Son los que cada día salen al campo de batalla sin saber si al final de la jornada, seguirán ilesos, o vivos.

Hoy día las calles de nuestro País se han convertido en un campo de batalla, donde se libra una guerra para proteger a la sociedad mexicana de un enemigo cruel y despiadado. Un enemigo sin el menor escrúpulo o consideración humanitaria, para quien las personas son un simple objeto de negocio, sea como clientes de productos robados, consumidores de sus drogas, o víctimas de secuestros y despojos patrimoniales. Una guerra contra la delincuencia organizada.

En esta guerra los combatientes son: por un lado las fuerzas de la delincuencia, fuertemente armados, muy bien retribuidos, sólidamente respaldados, y con cierta forma, tal vez retorcida, de admiración y respeto social; y por otro lado, las fuerzas que pretenden proteger a la sociedad, policías y militares, insuficientemente armados, precariamente retribuidos, y con escaso reconocimiento, cuando no un abierto rechazo social. Y en medio de los dos, como los no combatientes, la sociedad en general.

Del lado de las fuerzas de la delincuencia sus combatientes son individuos seleccionados, sin escrúpulos, ni ninguna clase de consideraciones humanitarias o de limitaciones legales, éticas o morales para desempeñar su trabajo, que suele implicar alguna forma de daño a las personas. En donde como una empresa de clase mundial, la delincuencia cuida de sus empleados. Los capacita, los procura, los retribuye con parte de las ganancias del negocio, y les da una vida de bienestar y perspectivas de prosperidad.

Por la contraparte, del lado de las fuerzas de la sociedad sus combatientes están sujetos a toda clase de limitaciones legales, éticas y morales para desempeñar su trabajo, que básicamente consiste en proteger a personas que ni los conocen, ni les interesa si no se sienten afectados, y probablemente no les agradecerán lo que no saben ni se imaginan que hacen por ellas. Con poca o ninguna capacitación, jornadas de trabajo extenuantes, precarias retribuciones de ley, y con incertidumbre acerca de su futuro y de su familia.

La delincuencia organizada es un negocio con grandes utilidades que le proporciona un gran poder económico, y por ende la capacidad para reclutar la mejor gente, ya sea como acervo propio, combatientes entre ellos, o como colaboradores vía prácticas de corrupción. Las instituciones de la sociedad NO son un negocio, y sólo tiene los recursos que le autoriza la propia sociedad, por lo que jamás podrá competir con la capacidad económica de la delincuencia para evitar fugas e infiltraciones entre sus filas.

Por el lado de la delincuencia organizada, ésta no tiene ni respeta reglas, pero si la voluntad y la capacidad para romper todas aquellas que se opongan a sus propósitos. Mientras que del lado de la sociedad, las instituciones no solo tienen reglas y deben sujetarse a ellas, sino que su propósito es asegurar su cumplimiento. Por lo que la lucha es entre un combatiente sin restricciones, y otro con muchas restricciones, como un perro que no solo está encadenado sino mal alimentado y en condiciones de inferioridad.

Lo más interesante en esta lucha desigual es que, por alguna causa, no sólo aún hay combatientes del lado de la sociedad, sino que están dispuestas a hacer su trabajo con efectividad y honestidad, plenamente concientes de que al hacerlo arriesgan su vida, comprometiendo su futuro y el de sus familias. Y es entre estos combatientes que se suelen contar la mayoría de los caídos, la mayor parte de las contribuciones a la cuota de sangre de esta guerra.

Valiosos y valerosos mujeres y hombres, responsables, comprometidos y tal vez hasta, en palabras de Vicente Riva Palacio, llenos de amor por esta tierra ingrata, caídos en el cumplimiento del deber. Compatriotas caídos, bajas en esta guerra, truncas sus ilusiones, sus esperanzas, sus sueños, y dejando a su familia en la incertidumbre en cuanto a su futuro. Recibiendo como única recompensa, un homenaje, una guardia con funcionarios entorchados, una indemnización, y en ocasiones, un sepulcro para ellos de honor.

Aunque mucha gente parece no creerlo, quienes combaten por la sociedad, policías, militares, bomberos, paramédicos, oficiales de seguridad en general., también son seres humanos, personas comunes con aspiraciones e ilusiones como cualquier otra. Y como cualquier otra persona, la mayoría se preocupa por su futuro, en especial el de los suyos, con una gran diferencia respecto a los demás, la certeza de la incertidumbre acerca de su propio destino. Porque cada día salen de su hogar sin saber si van a regresar.

Esto debido a que el trabajo en seguridad es el más antinatural de los oficios, ya que su exigencia fundamental consiste en sobreponerse al instinto natural de conservación, y enfrentar los riesgos en vez de huir de ellos. Después de todo, se exige al oficial de seguridad dar el paso al frente cuando los demás retroceden. Y para ello se requiere no solo capacidad para hacer el trabajo, aptitud, sino actitud, esto es la convicción y voluntad para hacerlo, en especial poner en riesgo la vida.

Y es en este aspecto, la actitud, donde se ubica el punto de mayor vulnerabilidad entre las filas de los combatientes por la sociedad. La perspectiva de perder la vida por una retribución precaria y dejar una familia con futuro incierto, no es un buen incentivo para arriesgar la vida, sino por el contrario, es una ventana de oportunidad para la corrupción. Porque se trata de elegir entre una vida deshonesta, pero con bienestar y prosperidad, y una vida honesta, pero con penurias, sacrificio e incertidumbre.

Los profesionales de la seguridad entienden y aceptan los riesgos inherentes a su profesión, y están dispuestos a correrlos cuando el sacrificio vale la pena. Y está en manos de la sociedad hacer que lo valga. Porque la sociedad debe entender que con los homenajes y los honores no se come, y que con una indemnización que parece limosna no se le da futuro a una familia. Que no hay mayor vergüenza para la misma sociedad, que la vista de un plato para la coperacha sobre el ataúd del compañero caído.

Pretender superar los ofrecimientos económicos de la delincuencia organizada, la tentación o simplemente la corrupción, es un esfuerzo absurdo e impráctico; pero lo que si es posible es ofrecer no solo condiciones presentes, sino perspectivas de vida ciertas y dignas para el profesional, pero sobre todo para su familia en caso de que éste se convierta en uno de los caídos en la guerra. Asegurarles, tal vez no la opulencia de la delincuencia, pero si un razonable bienestar y prosperidad dentro de la honestidad.

Todo lo que se requiere es darles la certidumbre de un lugar para vivir, un medio con el cual subsistir, y oportunidades para prosperar y satisfacer las aspiraciones. Aprovechar los diversos programas gubernamentales ya existentes de vivienda, de becas y financiamiento para estudios, de seguridad social, y de fomento a las pequeñas y medianas empresas, canalizándolos de manera preferente para apoyar a quienes sirven a la sociedad arriesgando su vida.

Soluciones de vida que den certidumbre de bienestar y beneficios para las familias, son el mejor incentivo para quienes arriesgan la vida, y el mejor homenaje a quienes lleguen a caer en la batalla, y ya no más esas ceremonias que no son otra cosa que oportunidades para que los funcionarios luzcan su solidaridad, ni limosnas, ni humillantes coperachas, sino una retribución digna, de preferencia en vida, pero que en el peor de los casos sea verdaderamente ese mentado sepulcro para ellos de honor.

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