¿Seguridad? en Antros
Publicado en la revista Seguridad en América, en la edición de Agosto - Septiembre de 2009

Deslumbrantes luces de brillantes colores que iluminan la oscuridad. Alegres y estridentes sonidos que hacen vibrar los corazones. La noche despierta. Emoción. Excitación. Empieza el espectáculo. El antro cobra vida. ¡Ha llegado el momento de la diversión! ¡Fuera problemas y preocupaciones! ¡Es tiempo de disfrutar de la vida! Aunque escondidos por todo este glamour, ocultos en las sombras detrás de las luces que ciegan y los sonidos que ensordecen, también aquí acechan los riesgos, y el peligro.

En el ámbito de la seguridad, muchas veces el sentido en que se aplica (a qué se pretende proteger) tiene un mayor impacto que la capacidad de desempeño (qué tanto lo pueden proteger) en las perspectivas de efectividad de las medidas y previsiones de protección. Asimismo, más que las condiciones físicas y funcionales de la instalación, la disposición anímica de las personas presentes dentro de la misma, para colaborar con tales medidas y previsiones, determina las posibilidades de éxito en su aplicación.

Para los antros, discotecas y establecimientos similares esta circunstancia es muy típica ya que, salvo contadas excepciones, su entorno físico y funcional suele conjuntar condiciones adversas para propósitos de seguridad, las cuales van desde el confinamiento físico dentro de estructuras con accesibilidad restringida, pasando por procedimientos de operación inapropiados, hasta la misma presencia de una multitud que no solo no coopera sino que rechaza cualquier previsión de seguridad.

Lo que se conoce en general como un antro se puede describir como un espacio confinado dentro de estructuras sólidas dentro del cual se aglomera una multitud que voluntariamente se somete a afectaciones sensoriales que reducen su capacidad de razonamiento y reacción. Y donde el acceso a dicho espacio se canaliza a través de vías que restringen la circulación bajo ciertas condiciones de franqueo, ya sea a la entrada y/o la salida. Todo lo cual representa riesgos para los asistentes.

La particularidad mas interesante es que, aunque la gente suele ignorar los riesgos de las instalaciones, en estos establecimientos las condiciones de riesgo que pueden presentar no solo son ignoradas sino menospreciadas por quienes asisten a los mismos, aun cuando éstas sean muy evidentes. De hecho, los asistentes no suelen asociar ni desarrollar alguna sensación de alertamiento por acudir y permanecer dentro de los mismos, ya que su interés se concentra en su propósito de diversión y entretenimiento.

En términos generales, los factores de riesgo que se presentan en un antro comprenden aspectos físicos y aspectos funcionales, con líneas de afectación tanto por sí mismos como en forma concurrente.

En este contexto se pueden destacar los siguientes aspectos físicos:

  • Espacios confinados por estructuras sólidas dentro de instalaciones que por lo general han sido adaptadas a partir de una configuración original no proyectada para funcionar como sitios para la aglomeración de multitudes.
  • Insuficiencia de facilidades para la permanencia y circulación dentro de la instalación, por la presencia de obstáculos y limitaciones en los espacios, visibilidad distorsionada y carencia de señalizaciones.
  • Vías de acceso limitadas y con diversos mecanismos para dificultar la circulación hacia y desde la instalación, tales como cadenas, cerrojos en las puertas o torniquetes, destinados a apoyar la aplicación de requerimientos de franqueo, como puede ser la recolección de pases o boletos, el cobro de entradas o consumos o la verificación de identificaciones.
  • Insuficiencia o incluso carencia de previsiones y facilidades de protección civil, tales como puertas de emergencia desbloqueadas, rutas de evacuación libres de obstáculos, señalizaciones claras y visibles, etc.
  • El uso de materiales peligrosos como componentes tanto de la instrumentación como de la decoración de la instalación, que se manifiestan como amenazas cuando ocurren contingencias, como sería el caso del colapso de estructuras en sismos, o la emisión de gases tóxicos en incendios.

Una muestra de la presencia y efecto de estos factores se puede encontrar en las antiguas construcciones con atributos de valor arquitectónico o histórico, que se han adaptado como sedes de este tipo de establecimientos para aprovechar como argumento de promoción precisamente dichos atributos.

Por su parte, entre los aspectos funcionales se pueden destacar:

  • La voluntaria y obstinada presencia y permanencia de una multitud aglomerada que satura el limitado espacio disponible, de tal manera que se restringe totalmente la libertad de movimiento de los individuos, en especial para maniobras de defensa o escape.
  • La degradación de las capacidades individuales de percepción sensorial y de razonamiento, tanto por el efecto de un ambiente sonoro estridente (por la música a alto volumen) y de visibilidad distorsionada (por los juegos de luces), como por la ingestión de bebidas embriagantes, que en conjunto reducen e incluso anulan la capacidad de identificación y reacción ante situaciones de peligro.
  • La anulación de la conciencia individual y su convergencia en un anonimato colectivo, que sirve de escudo para soslayar la responsabilidad personal a favor de las emociones del grupo, que pueden derivar en conductas irracionales e incluso violentas.
  • La adopción y aplicación de procedimientos operativos con perfiles de restricción, que están más enfocados a proteger los intereses comerciales del establecimiento que la protección de la concurrencia, lo que en algunos casos se han descrito, con un cierto tinte de humor negro, como antes muertos que dejarlos salir sin pagar.
  • Las deficiencias y distorsiones en la preparación técnica del personal de seguridad de estos establecimientos, cuyas directivas y procedimientos de operación se orientan más a proteger los intereses y la continuidad del negocio, que para desempeñar las responsabilidades de proteger a las personas, dentro de las cuales se incluye el solapar el abuso en los cobros a los clientes con mayor grado de perturbación por la ingestión de bebidas embriagantes, e incluso el sometimiento por la fuerza de los clientes que llegan a protestar por dichos abusos.

Ejemplos trágicos de los efectos adversos por la concurrencia de estos factores, son los casos en la Ciudad de México, de la discoteca Lobohombo de octubre del 2000, en el que las deficiencias estructurales solapadas por la corrupción gubernamental, aunadas a los inadecuados procedimientos del personal de seguridad, cobró un saldo de 21 vidas, así como de la discoteca News Divine de junio de 2008, en el que nuevamente deficiencias estructurales en conjunto con la ineptitud operativa, cobraron la vida de 12 jóvenes.

Asimismo, una muestra real de las posibilidades de riesgo que se pueden derivar por parte del componente que representa el personal de seguridad, se tiene en el caso del reciente homicidio de un elemento de seguridad en el bar Liverpool Pub, apenas el pasado 19 de marzo de 2009, presuntamente por un par de clientes aparentemente molestos por un cobro excesivo de los consumos dentro del establecimiento, y que supuestamente fueron desalojados por la fuerza del mismo.

Sin embargo, en este contexto y dentro de toda la amplia diversidad de componentes, el factor de riesgo de mayor impacto es, la disposición anímica de la concurrencia, que no solo no es conciente de las posibilidades de riesgo dentro de la instalación, sino que tampoco es proclive a colaborar con las medidas y previsiones de protección, y por el contrario, tiende a ignorarlas, soslayarlas e incluso rechazarlas abiertamente, considerándolas un estorbo para sus propósitos de diversión y entretenimiento.

La responsabilidad de proteger a personas y propiedades, aún con la colaboración y apoyo de los interesados, no es una tarea sencilla. Protegerlas en un entorno hostil aún con todo el apoyo disponible, es una tarea todavía más complicada. Pero intentar protegerlas en un entorno hostil, no sólo sin apoyos sino con la reticencia cuando no un rechazo abierto y directo de quien se intenta proteger, es una labor titánica, casi imposible de realizar con éxito.

En este sentido se tiene que un antro puede llegar a ser no solo un entorno de riesgo de cierta manera extremo, sino hostil, por las condiciones de restricción, tanto físicas como funcionales, a que son sometidos quienes asisten al mismo. Donde el propio asistente no solo se ubica voluntariamente en dicho entorno, sino que contribuye a aumentar las probabilidades de riesgo por su conducta dentro del mismo. De tal suerte que las perspectivas de protección para el asistente, son prácticamente inexistentes.

Sin embargo, la existencia de riesgos no es razón para limitar las actividades personales, porque los riesgos están por todos lados, incluso dentro de lo que consideramos mas seguro. Basta con estar conscientes de que existen y conocer la forma de evitarlos mediante la adopción de simples medidas de prevención y autoprotección; pero siempre y cuando se adopten en algún grado, ya que en caso contrario, lo único que se estaría haciendo es dar una cada vez mayor ocasión que hace al ladrón.

Por ello, no debe ser la idea el evitar asistir a los antros de todo tipo, sino que se trata de estar conscientes y pendientes de los riesgos que per se existen en cada establecimiento en particular, proyectados con base en los factores anteriormente descritos, así como de las condiciones o conductas propias que propician que éstos aumenten o se reduzcan. Lo que corresponde al enfoque de las medidas de prevención y autoprotección, que solo cada individuo puede asumir.

Medidas y previsiones que pueden ser tan simples como observar las condiciones del lugar al llegar e identificar tanto los riesgos como las previsiones de protección (extintores, salidas de emergencia, rutas de evacuación, etc.), y organizarse para asistir en grupo, destacando a uno de los integrantes la función del conductor designado, dedicado no solo a conducir el vehículo, sino también velar por quienes lleguen a verse afectados en sus facultades de razonamiento y reacción, en caso de una emergencia.

En suma, si las condiciones de seguridad son insuficientes, o de plano no existen, se tendrán dos opciones: no hacer las cosas restringiéndose a una existencia reprimida, añorando lo que no nos atrevemos a hacer; o buscar la manera de adoptar un mínimo de protección que permita hacerlo y con ello vivir, y divertirse. Ya sea en medio de la multitud en un concierto masivo o en un juego final de un campeonato deportivo, o practicando un deporte extremo, o bailando en un antro.

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