Cuando el Destino nos alcance, ¿podremos sobrevivir al próximo desastre?
Publicado en la revista Xtreme Secure, edición de Julio - Agosto de 2011

En el próximo desastre la infraestructura urbana colapsará dejando una secuela de muertos, heridos, atrapados y ciudadanos desconcertados. Gritos de dolor pidiendo ayuda y tal vez algunos rescates exitosos de heridos, que no habrá a donde llevarlos porque los escasos hospitales que hayan quedado en pie estarán saturados. Ya ha ocurrido antes, México en 1985, Indonesia en 2004, Nueva Orleans en 2005, Chile y Haití en 2010 y Japón en 2011, por solo citar algunos ejemplos. Y seguramente volverá a ocurrir. ¿Cómo podremos sobrevivir entonces?

Los desastres naturales son fenómenos inevitables y en gran parte impredecibles, a pesar de los avances en las técnicas de predicción y detección. Sabemos que van a ocurrir pero no donde y cuando. Podemos tratar de anticipar su magnitud, pero solo reaccionar ante la realidad de los daños causados. Los desastres son la forma en que la naturaleza le dice ¡memento mori! al arrogante rey de la creación. Y de lo único que se puede tener certeza es que van a causar daños, por lo que existe una evidente necesidad de elaborar e instrumentar planes para aminorarlos y reducir en la medida de lo posible sus secuelas sobre la población a través de programas para el manejo de emergencias.

Sin embargo, existe un problema de fondo en los planes de emergencia, y es que parten de un supuesto que suele ser anulado en un desastre, al asumir que existe una estructura de servicio para atender a los lesionados, cuando la realidad es que parte de dicha estructura puede haber quedado destruida. Realidad que se ha hecho manifiesta en desastres como los del terremoto de México en 1985, el tsunami de Indonesia en 2004, el huracán Katrina de Nueva Orleans en 2005, los terremotos de Chile y Haití en 2010, y el más reciente sismo y tsunami de Japón en marzo de este año, cuando la estructura de los servicios de emergencia resultó dañada, y por ende colapsada su capacidad de respuesta.

Las experiencias vividas en Japón por el sismo del pasado mes de marzo, muestran que aun entre las sociedades supuestamente más preparadas para enfrentar un desastre natural, el colapso físico de la estructura de servicios anula cualquier previsión para auxiliar a la población y la deja a la deriva, lo que a su vez puede llevar al colapso funcional de la estructura de servicio que haya quedado utilizable, ya que seguramente su capacidad será rebasada ante la llegada masiva de todo tipo de lesionados, desde crisis histéricas hasta lesiones críticas. Todo ello en medio de un ambiente de fuertes alteraciones emocionales, desde el pasmo individual hasta la histeria colectiva.

El escenario proyectado para una crisis provocada por un desastre natural es que la capacidad de servicio de la infraestructura sobreviviente será rebasada por la demanda de los lesionados que acudirán a pedir ayuda, con la probabilidad de que los primeros que lleguen sean los de menor gravedad, ya que se pueden desplazar más rápidamente o ser trasladados con menor dificultad, y que a pesar de los mecanismos de selección para su admisión (triage), pudieran agotar las escasas facilidades y recursos de atención disponibles, tales como camas, vendas o medicamentos, antes de que lleguen los lesionados de mayor gravedad que tendrían mayor dificultad para desplazarse o ser trasladados.

Ante este tipo de escenario la respuesta obvia es desplegar una capacidad de asistencia que pueda seguir funcionando a pesar del colapso de las estructuras institucionales. Guillermo Prieto en su tiempo señalaba que el pueblo mexicano era capaz de salir siempre adelante con sus líderes, sin sus líderes o a pesar de sus líderes. Y esto quedó plenamente demostrado en los sismos de 1985 en que ante el colapso de las estructuras y los liderazgos institucionales, y sin ninguna preparación técnica en materia de desastres, la población se organizó espontanea y solidariamente para rescatar y atender a sus heridos. Por ello se puede decir que la respuesta está en la gente.

La respuesta puede implicar un cambio innovador de fondo en la concepción de los planes de emergencia, y consiste en desplegar entre la población una capacidad de autosuficiencia para prestar auxilio en caso de desastres. Lo que representa ir más allá de los enfoques actuales que se orientan preferentemente a la organización de la población para ser evacuada de las zonas de riesgo, con un papel de corte pasivo y trastocándolo por una forma más proactiva. Una capacidad para proporcionar asistencia a los lesionados de menor gravedad, en grado suficiente para aliviar la demanda hacia los centros de emergencia, que así podrían dedicar su capacidad a los lesionados de mayor gravedad.

Para el desarrollo y despliegue de esta capacidad se puede aprovechar a las organizaciones y programas sociales existentes, como las corporaciones de seguridad pública y las fuerzas armadas, que representan una fuerza inicial de 600 mil efectivos de base, a la que podría agregarse un estimado anual de alrededor de 800 a 900 mil elementos del servicio militar. Otra alternativa aprovechable es el magisterio, que solo a nivel federal presume de contar con un millón de agremiados, de tal suerte que con los contingentes estatales podría integrarse una fuerza de entre 1.5 y 2 millones de elementos, lo que proyecta una capacidad de respuesta de 1 elemento de asistencia por cada 30 ó 40 habitantes.

Y esta capacidad de respuesta se podría ir incrementando gradualmente a través de la integración de las organizaciones sociales incluso hasta el nivel vecinal, a fin de llegar al nivel ideal de colocar un elemento de asistencia dentro del tiempo dorado para atender una emergencia médica grave, como un paro cardio-respiratorio o una hemorragia arterial en cualquier lugar, en cualquier momento. Capacidad que sería útil no solo en los grandes desastres, sino incluso en las emergencias puntuales del día con día, con lo que se contribuiría a aliviar el sempiterno problema de insuficiencia que padecen los servicios de emergencia en todo el País.

Por ello ante la pregunta de ¿cómo podremos sobrevivir en el próximo desastre?, la respuesta está en la gente. La gente, ese recurso inagotable presente en todo lugar, en todo momento. Que por ello siempre será lo más cercano al problema, y por ello lo más próximo para prestar un auxilio mucho más oportuno que cualquier otra alternativa. La gente que en los momentos críticos siempre está dispuesta a responder, y que para ser más efectivos solo necesita aprender. Pero esto requiere pensar diferente, atreverse a ser diferente. ¿Estamos dispuestos como individuos y como sociedad a asumir la responsabilidad de ser diferente? Porque es posible que en ello nos vaya la vida.

Hay personas que ven las cosas como son, y se preguntan ¿Por qué?
Y existen otras personas que ven las cosas como pudieran ser, y se preguntan ¿Por qué no?
George Bernard Shaw.

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