Videovigilancia urbana, necesidades, expectativas y realidades
Publicado en la revista Seguridad en América, en la edición de Mayo - Junio de 2012

La creciente y cada vez más acelerada proliferación de los recursos de videovigilancia que se encuentran presentes aunque no siempre visibles en toda clase de instalaciones y espacios públicos y privados, los ha convertido no solo en el icono sino en la opción preferente entre los sistemas de seguridad. El ámbito de la seguridad pública no ha escapado a este fenómeno y ha privilegiado el uso de estos recursos en prácticamente cualquier necesidad de vigilancia, aunque su utilidad real no siempre corresponda a las expectativas.

El potencial de utilidad de los sistemas de videovigilancia está determinado por la medida de su contribución al logro de los objetivos de la seguridad en el contexto de sus alcances funcionales. Potencial que se establece inicialmente con base en su perfil y alcance funcional, a partir lo cual se identifican y dimensionan las posibilidades de contribución para satisfacer las necesidades de tal manera que puedan responder a las expectativas.

Partiendo de la premisa de que la misión social de la seguridad es evitar males, lo que se puede entender como evitar que ocurra cualquier cosa que pueda afectar al conglomerado social, se proyecta como su objetivo el preservar la existencia del conglomerado social y la continuidad funcional de los procesos sociales, con base en tres líneas de acción: Vigilancia para detectar riesgos, Restricción para reducir las posibilidades de ocurrencia de riesgos, e Intervención para anular la manifestación de riesgos.

En este sentido se tiene que el perfil funcional de la videovigilancia urbana se enfoca a la vigilancia de los espacios públicos con dos objetivos: el control de la vialidad para conservar la continuidad y fluidez del tráfico de personas y vehículos; y la cobertura de protección a personas y bienes. Asimismo que su alcance funcional se circunscribe a detectar ya sea la inminencia o bien la ocurrencia de situaciones de riesgo a partir de la valoración de ciertos parámetros observados.

El principio básico para el quehacer en seguridad es percatarse de la inminencia u ocurrencia de un evento de riesgo, lo que se logra por medio de la detección a través de las tareas de vigilancia, provista en alguna forma de elementos de información que permite decidir acerca del curso de acción a tomar para hacerles frente. Para lo cual los posibles enfoques aplicables pueden ser:

  • Anticipar, para evitar que ocurran los eventos de riesgo, lo que se contempla como el resultado deseable del quehacer en seguridad.
  • Reaccionar, para contener y reducir las afectaciones y daños provocados por la ocurrencia de los eventos de riesgo, lo que se contempla como un resultado necesario del quehacer en seguridad.
  • Auxiliar, ya sea para remediar los daños causados, resarcir a los afectados, o bien sancionar a los responsables de la ocurrencia de los eventos de riesgo, según sea posible, lo que se contempla como el resultado indispensable del quehacer en seguridad.

En este contexto se tiene que las perspectivas de contribución de la videovigilancia en general están determinadas por su grado de efectividad en la identificación y configuración de los indicadores visuales asociados a los eventos de riesgo que interesa detectar en dos sentidos: las imágenes de lo que se espera ver, lo que corresponde al perfil de normalidad, y las imágenes de lo que no debe verse, lo que corresponde al perfil de amenazas o posibilidades de riesgo.

En el caso de la videovigilancia urbana los indicadores visuales se pueden conformar con imágenes que se refieren a observar o detectar, según sea el caso, situaciones como las siguientes:

  • La presencia o ausencia del tipo y cantidad de personas y vehículos habitualmente presentes y circulando a lo largo del día en cada espacio bajo observación.
  • La presencia o ausencia del tipo de personas y su actividad rutinaria habitualmente presentes a lo largo del día en cada espacio bajo observación.
  • Las actividades visualmente asociadas a la comisión de delitos, como los aparentes tropezones de los carteristas.
  • Las actividades explícitamente indicativas de riesgos, como colisiones de vehículos o personas con armas en la mano.

El propósito de estos indicadores visuales es facilitar la detección de los eventos de riesgo en la observación de las imágenes proyectadas, al orientar y concentrar la atención del observador en la búsqueda de situaciones específicas, y evitar su dispersión tratando de captar algo incierto e inesperado en un mosaico con múltiples posibilidades de eventos. Aunque también se corre el riesgo de pasar por alto un evento para el cual no se hayan establecido dichos indicadores.

La visión social del quehacer en seguridad, lo que la percepción social espera como resultado es que no pase nada, esto es que no ocurra nada que ponga en riesgo la existencia del conglomerado social, ni que perturbe o interrumpa la continuidad funcional de sus actividades. Continuidad, en una palabra. Y en caso de que llegue a ocurrir un evento de riesgo, ya que existen muchos factores que no es posible controlar y condiciones que no es posible evitar, que las afectaciones o daños sean los menos posibles.

Para estos efectos se requiere antes que nada de precisión y certeza en la identificación y dimensionamiento de los posibles eventos de riesgo, de preferencia en la etapa de inminencia cuando aún existen posibilidades para evitar su ocurrencia y por ende que se provoquen afectaciones y daños. Pero el factor verdaderamente crítico es la celeridad con la que se detecten los indicadores, se tomen las decisiones pertinentes y se activen los protocolos de reacción adecuados para el tipo de evento detectado.

Las perspectivas de efectividad de la videovigilancia en general, y de su aplicación a los espacios urbanos en particular, estarán determinadas por la medida en que las especificaciones de los indicadores visuales faciliten la detección de su surgimiento en el contexto del entorno bajo observación, que en el caso de los espacios urbanos suelen presentar condiciones de aglomeración de personas y vehículos que obstruyen o dificultan la visualización, y por ende dicha detección.

Por ello lo que se espera de la videovigilancia es que se detecte con precisión el evento de riesgo con el tiempo suficiente para que los protocolos de reacción puedan cumplir con sus cometidos, que de acuerdo a su perfil de resultados proyectados pueden ser con:

  • Tiempo prácticamente sin limitaciones para auxiliar, en virtud de que el evento ya ha ocurrido así como las afectaciones y daños.
  • Ventana de tiempo acotada para reaccionar, con los límites de tiempo determinados por la naturaleza específica del evento y orientados a evitar que las afectaciones o daños se extiendan o pasen a un estado de irreversibilidad.
  • Tiempos mínimos en el nivel de lo inmediato para anticipar, con sus magnitudes determinadas por la naturaleza específica del evento y sus condiciones de ocurrencia.

Una alternativa para facilitar la aplicación de estos esquemas de trabajo, en especial en entornos complejos como los espacios urbanos, es armar un plan de observación en el que se detallen las especificaciones de los indicadores visuales ubicados en tiempo y lugar para liberar la capacidad individual de los esfuerzos de memoria, que pueden ser inexactos, y concentrarlos en lo fundamental, el discernimiento para la detección de los indicadores.

La efectividad real de la videovigilancia como apoyo al quehacer en seguridad está condicionada básicamente por tres factores:

  • El perfil de facilidades o dificultades para la visualización de las imágenes que proporcionan los equipos de videovigilancia, desde su captación en el entorno bajo observación, pasando por su transmisión a través de un medio de comunicación, hasta su proyección en una central de monitoreo. Perfil que está determinado por las capacidades y limitaciones físicas y funcionales de los dispositivos y mecanismos, con atributos como la orientación de las cámaras que puede ser variable, las líneas de resolución en cámaras y monitores, el ancho de banda de los medios de comunicación y las dimensiones de los monitores y de los cuadros que forman el mosaico de imágenes proyectadas.
  • La modalidad de monitoreo utilizada, que puede ser de vigilancia activa con un observador dedicado, o vigilancia pasiva sin un observador dedicado, así como el uso de apoyos automatizados como algunas plataformas de software para auxiliar en la valoración de las imágenes proyectadas, con base en desarrollos de inteligencia artificial. Para lo cual se tiene que solo con la modalidad de vigilancia activa y con un elemento humano como observador cabe la posibilidad de apoyar las líneas de anticipar y reaccionar, por su capacidad de tomar decisiones aun con información incompleta, confusa e incluso contradictoria. Esto en virtud de que las plataformas automatizadas, por más sofisticadas que sean, no puede ir más allá de los parámetros para los que han sido programadas, aun con aplicaciones de inteligencia artificial en el estado actual de la tecnología.
  • El perfil de competencias de los recursos humanos adscritos como observadores en esquemas de vigilancia activa y su capacidad para aplicar correctamente los procedimientos operativos y sobre todo los protocolos de reacción. Destacando que este factor es el de mayor impacto de acuerdo a la premisa que señala con mal personal hasta el mejor de los sistemas puede fracasar, pero con buen personal hasta el más deficiente de los sistemas puede ser de utilidad. Porque solo el factor humano con su capacidad de discernimiento es capaz de continuar su quehacer con los apoyos, sin los apoyos o a pesar de los apoyos si no funcionan bien.

La realidad de la videovigilancia urbana se puede describir como un escenario en el que un observador, también denominado monitorista, está atendiendo dos o más pantallas con un mosaico de múltiples cuadros de imagen, cada uno de los cuales muestra un espacio de varios cientos o miles de metros cuadrados, dependiendo de las condiciones de cobertura de cada cámara, proyectados en marcos aglutinados de 10 x 10 centímetros, y mostrando aglomeraciones de decenas o centenas de personas y vehículos en movimiento que obstruyen la visualización de sus figuras y sus actividades.

Asimismo esta realidad de la videovigilancia urbana le exige al monitorista ser capaz de identificar y localizar en un cuadro el surgimiento de ciertas condiciones que pueden manifestar la inminencia u ocurrencia de una situación de riesgo, en medio de un escenario con aglomeración de personas y/o vehículos, valorar dichas condiciones para tomar la decisión pertinente respecto al curso de acción a tomar, e iniciar, si es el caso, la aplicación del protocolo de reacción que corresponda.

Y todo ello sin descuidar los demás cuadros de imágenes por si acaso surge otra posible situación de riesgo que también debe atender con la máxima celeridad pero sin dejar de atender la primera, además de considerar la posibilidad de que una primera situación de riesgo, por ejemplo una aparente emergencia médica o un choque de vehículos, sea una distracción para enmascarar la ocurrencia de otra de índole intencional, como un robo o asalto. Tareas conjuntas que deben realizarse de manera concurrente en unos instantes.

El potencial de utilidad de un sistema de videovigilancia urbana en la realidad cubre totalmente los requerimientos de la línea de necesidades para Auxiliar, más que nada por las facilidades de grabación con que cuentan estas plataformas de tecnología, de tal manera que se puede contar con este apoyo independientemente de la modalidad de vigilancia utilizado, activa o pasiva. Pero la cobertura de las líneas de necesidades para Reaccionar y Anticipar es más complicada, porque depende de una combinación particular de los factores de facilidades o dificultades para visualización, modalidad de monitoreo y perfil de competencias del factor humano, concurrentes bajo las circunstancias del momento.

El quehacer en seguridad es un problema de detalles y circunstancias, lo que en el ámbito de la videovigilancia urbana se materializa como una exigencia para mantener el mismo nivel de atención a los detalles bajo una diversidad de circunstancias que además pueden cambiar de un momento a otro de manera absolutamente imprevisible. Por ello se puede considerar que el verdadero factor de éxito es el elemento humano, que debe estar convenientemente preparado pero también dotado con instrumentos de apoyo que le ayuden y faciliten a desarrollar su labor como los indicadores visuales o los planes de observación, porque para encontrar primero hay que saber qué buscar. Como se dice entre cazadores, el problema no es cazar al oso, sino encontrarlo antes de que él nos encuentre.

Los componentes básicos para la videovigilancia son las cámaras, cuyos atributos funcionales determinan las capacidades de captación y por ende las posibilidades de detección. Las alternativas más relevantes para estos atributos son:

  • La orientación de las cámaras que puede ser fija o variable. En el primer caso se asegura la observación de un espacio, pero solo entre 70° y 120° de un mismo espacio. En el segundo caso se posibilita la observación de varios espacios, pero solo uno a la vez de tal manera que mientras se observan 120° de un espacio se dejan de cubrir 240° de los demás.
  • El alcance de la cobertura que pueden ser de acercamiento o alejamiento. En el primer caso se logra una gran definición de los detalles pero se pierde visión panorámica, mientras que en el segundo se logra una captación panorámica pero se pierde definición de los detalles.


En general no es que una de las alternativas sea mejor que la otra, sino que cada alternativa ofrece ventajas y desventajas que deben ser valoradas para elegir entre ellas.

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