Videovigilancia urbana, necesidades, expectativas y realidades La creciente y cada vez más acelerada proliferación de los recursos de videovigilancia que se encuentran presentes aunque no siempre visibles en toda clase de instalaciones y espacios públicos y privados, los ha convertido no solo en el icono sino en la opción preferente entre los sistemas de seguridad. El ámbito de la seguridad pública no ha escapado a este fenómeno y ha privilegiado el uso de estos recursos en prácticamente cualquier necesidad de vigilancia, aunque su utilidad real no siempre corresponda a las expectativas.
El potencial de utilidad de los sistemas de videovigilancia está determinado por la medida de su contribución al logro de los objetivos de la seguridad en el contexto de sus alcances funcionales. Potencial que se establece inicialmente con base en su perfil y alcance funcional, a partir lo cual se identifican y dimensionan las posibilidades de contribución para satisfacer las necesidades de tal manera que puedan responder a las expectativas.
Partiendo de la premisa de que la misión social de la seguridad es evitar males, lo que se puede entender como evitar que ocurra cualquier cosa que pueda afectar al conglomerado social, se proyecta como su objetivo el preservar la existencia del conglomerado social y la continuidad funcional de los procesos sociales, con base en tres líneas de acción: Vigilancia para detectar riesgos, Restricción para reducir las posibilidades de ocurrencia de riesgos, e Intervención para anular la manifestación de riesgos.
En este sentido se tiene que el perfil funcional de la videovigilancia urbana se enfoca a la vigilancia de los espacios públicos con dos objetivos: el control de la vialidad para conservar la continuidad y fluidez del tráfico de personas y vehículos; y la cobertura de protección a personas y bienes. Asimismo que su alcance funcional se circunscribe a detectar ya sea la inminencia o bien la ocurrencia de situaciones de riesgo a partir de la valoración de ciertos parámetros observados.
El principio básico para el quehacer en seguridad es percatarse de la inminencia u ocurrencia de un evento de riesgo, lo que se logra por medio de la detección a través de las tareas de vigilancia, provista en alguna forma de elementos de información que permite decidir acerca del curso de acción a tomar para hacerles frente. Para lo cual los posibles enfoques aplicables pueden ser:
En este contexto se tiene que las perspectivas de contribución de la videovigilancia en general están determinadas por su grado de efectividad en la identificación y configuración de los indicadores visuales asociados a los eventos de riesgo que interesa detectar en dos sentidos: las imágenes de lo que se espera ver, lo que corresponde al perfil de normalidad, y las imágenes de lo que no debe verse, lo que corresponde al perfil de amenazas o posibilidades de riesgo.
En el caso de la videovigilancia urbana los indicadores visuales se pueden conformar con imágenes que se refieren a observar o detectar, según sea el caso, situaciones como las siguientes:
El propósito de estos indicadores visuales es facilitar la detección de los eventos de riesgo en la observación de las imágenes proyectadas, al orientar y concentrar la atención del observador en la búsqueda de situaciones específicas, y evitar su dispersión tratando de captar algo incierto e inesperado en un mosaico con múltiples posibilidades de eventos. Aunque también se corre el riesgo de pasar por alto un evento para el cual no se hayan establecido dichos indicadores.
La visión social del quehacer en seguridad, lo que la percepción social espera como resultado es que no pase nada, esto es que no ocurra nada que ponga en riesgo la existencia del conglomerado social, ni que perturbe o interrumpa la continuidad funcional de sus actividades. Continuidad, en una palabra. Y en caso de que llegue a ocurrir un evento de riesgo, ya que existen muchos factores que no es posible controlar y condiciones que no es posible evitar, que las afectaciones o daños sean los menos posibles.
Para estos efectos se requiere antes que nada de precisión y certeza en la identificación y dimensionamiento de los posibles eventos de riesgo, de preferencia en la etapa de inminencia cuando aún existen posibilidades para evitar su ocurrencia y por ende que se provoquen afectaciones y daños. Pero el factor verdaderamente crítico es la celeridad con la que se detecten los indicadores, se tomen las decisiones pertinentes y se activen los protocolos de reacción adecuados para el tipo de evento detectado.
Las perspectivas de efectividad de la videovigilancia en general, y de su aplicación a los espacios urbanos en particular, estarán determinadas por la medida en que las especificaciones de los indicadores visuales faciliten la detección de su surgimiento en el contexto del entorno bajo observación, que en el caso de los espacios urbanos suelen presentar condiciones de aglomeración de personas y vehículos que obstruyen o dificultan la visualización, y por ende dicha detección.
Por ello lo que se espera de la videovigilancia es que se detecte con precisión el evento de riesgo con el tiempo suficiente para que los protocolos de reacción puedan cumplir con sus cometidos, que de acuerdo a su perfil de resultados proyectados pueden ser con:
Una alternativa para facilitar la aplicación de estos esquemas de trabajo, en especial en entornos complejos como los espacios urbanos, es armar un plan de observación en el que se detallen las especificaciones de los indicadores visuales ubicados en tiempo y lugar para liberar la capacidad individual de los esfuerzos de memoria, que pueden ser inexactos, y concentrarlos en lo fundamental, el discernimiento para la detección de los indicadores.
La efectividad real de la videovigilancia como apoyo al quehacer en seguridad está condicionada básicamente por tres factores:
La realidad de la videovigilancia urbana se puede describir como un escenario en el que un observador, también denominado monitorista, está atendiendo dos o más pantallas con un mosaico de múltiples cuadros de imagen, cada uno de los cuales muestra un espacio de varios cientos o miles de metros cuadrados, dependiendo de las condiciones de cobertura de cada cámara, proyectados en marcos aglutinados de 10 x 10 centímetros, y mostrando aglomeraciones de decenas o centenas de personas y vehículos en movimiento que obstruyen la visualización de sus figuras y sus actividades.
Asimismo esta realidad de la videovigilancia urbana le exige al monitorista ser capaz de identificar y localizar en un cuadro el surgimiento de ciertas condiciones que pueden manifestar la inminencia u ocurrencia de una situación de riesgo, en medio de un escenario con aglomeración de personas y/o vehículos, valorar dichas condiciones para tomar la decisión pertinente respecto al curso de acción a tomar, e iniciar, si es el caso, la aplicación del protocolo de reacción que corresponda.
Y todo ello sin descuidar los demás cuadros de imágenes por si acaso surge otra posible situación de riesgo que también debe atender con la máxima celeridad pero sin dejar de atender la primera, además de considerar la posibilidad de que una primera situación de riesgo, por ejemplo una aparente emergencia médica o un choque de vehículos, sea una distracción para enmascarar la ocurrencia de otra de índole intencional, como un robo o asalto. Tareas conjuntas que deben realizarse de manera concurrente en unos instantes.
El potencial de utilidad de un sistema de videovigilancia urbana en la realidad cubre totalmente los requerimientos de la línea de necesidades para Auxiliar, más que nada por las facilidades de grabación con que cuentan estas plataformas de tecnología, de tal manera que se puede contar con este apoyo independientemente de la modalidad de vigilancia utilizado, activa o pasiva. Pero la cobertura de las líneas de necesidades para Reaccionar y Anticipar es más complicada, porque depende de una combinación particular de los factores de facilidades o dificultades para visualización, modalidad de monitoreo y perfil de competencias del factor humano, concurrentes bajo las circunstancias del momento.
El quehacer en seguridad es un problema de detalles y circunstancias, lo que en el ámbito de la videovigilancia urbana se materializa como una exigencia para mantener el mismo nivel de atención a los detalles bajo una diversidad de circunstancias que además pueden cambiar de un momento a otro de manera absolutamente imprevisible. Por ello se puede considerar que el verdadero factor de éxito es el elemento humano, que debe estar convenientemente preparado pero también dotado con instrumentos de apoyo que le ayuden y faciliten a desarrollar su labor como los indicadores visuales o los planes de observación, porque para encontrar primero hay que saber qué buscar. Como se dice entre cazadores, el problema no es cazar al oso, sino encontrarlo antes de que él nos encuentre.
Los componentes básicos para la videovigilancia son las cámaras, cuyos atributos funcionales determinan las capacidades de captación y por ende las posibilidades de detección. Las alternativas más relevantes para estos atributos son: