"La ocasión hace al ladrón", reflexiones en torno a la seguridad personal La percepción social de un agravamiento en el clima de inseguridad, según lo ha corroborado la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2012 del INGEI, ha impulsado al ciudadano común a buscar soluciones para su protección personal. Pero estas soluciones en ocasiones no cumplen con las expectativas por múltiples causas que van desde una mala identificación de los problemas particulares y por ende de las necesidades reales en la materia, pasando por una interpretación defectuosa de las capacidades y limitaciones de los recursos elegidos, hasta una aplicación incorrecta de los mismos. Todo lo cual malogra las perspectivas de prosperidad social, de manera directa por la perdida de bienes e incluso vidas, y de manera indirecta por el deterioro de la calidad de vida en las comunidades.
Los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York provocaron cambios radicales en los enfoques para las estrategias globales en materia de seguridad, que se materializaron para efectos prácticos en la adopción y aplicación de medidas más estrictas, rigurosas e incluso agresivas sobre los individuos, llegando incluso a niveles de violación de los derechos humanos individuales en beneficio de la protección de los intereses comunitarios. Surgió lo que se puede considerar como una nueva cultura de la seguridad aceptada y adoptada con gran celeridad como políticas institucionales por una gran mayoría de las naciones, por propia convicción o por alguna forma de imposición resultante de la decisiva influencia del poderío económico y militar de los Estados Unidos, principal afectado y por ende interesado en la implantación de estos nuevos enfoques.
La proliferación de las condiciones de violencia en el seno de los núcleos de población en los últimos años, derivadas de las actuales políticas institucionales para el combate a la delincuencia, han creado un fenómeno similar de surgimiento de una nueva cultura de la seguridad, que se puede caracterizar por un mayor nivel de conciencia, sensibilidad e involucramiento del ciudadano común en este ámbito, en particular hacia los aspectos que conciernen a su seguridad personal. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido a nivel global, en este plano no se han desarrollado enfoques y estrategias estructuradas e integradas, sino solo tendencias de preocupación y algunos casos de ocupación en estos tópicos, por lo regular basados en iniciativas individuales con poca o ninguna coordinación entre sí, incluso entre las promovidas por las instancias institucionales.
En las circunstancias actuales el ciudadano común esta reducido a una posición pasiva, ya que carece de una preparación en el tema porque NO es, ni debe ser, un profesional en seguridad, y no tiene una visión integral ni siquiera de los riesgos presentes y posibles en su propio entorno. Solo tiene acceso a lo que las instancias institucionales o las opciones del mercado le muestran de lo que tienen disponible para ofrecerle, por lo regular con información matizada y/o limitada por intereses de índole política en el primer caso, y de comercialización en el segundo. En consecuencia, su capacidad de valoración y eventual elección de soluciones para sus propias necesidades particulares está fuertemente limitada, tanto por su propia impericia técnica como por la insuficiencia de los referentes externos, lo cual conlleva a una toma de decisiones con alto potencial de errores.
El aspecto fundamental y que suele ser el origen de todos los problemas para el ciudadano común es su incapacidad para reconocerse como su principal fuente de riesgos, por una forma del fenómeno de ceguera de taller que le dificulta percatarse de todo el cúmulo de errores, omisiones y descuidos en que incurre en sus rutinas cotidianas, y que abren amplias y diversas oportunidades para ser víctima de toda clase de riesgos, lo que equivale a dar la ocasión que precisamente busca o espera el ladrón. Oportunidades que se materializan como eventos cuyo origen puede ser de índole accidental (no evitables, porque se derivan de causas no controlables), incidental (evitables, porque se derivan de causas controlables) o intencional (no evitables, porque se derivan de causas no controlables, pero que es posible dificultar).
La razón de esta incapacidad radica precisamente en la impericia técnica inherente a su condición de no profesional en la materia, aunada a un desconocimiento, poca familiaridad y escasa empatía de sus rutinas cotidianas con la filosofía de las prácticas de seguridad. Para lo cual las soluciones típicas suelen conformarse como conjuntos de medidas de autoprotección que adolecen precisamente del inconveniente antes descrito, ya que son adicionales, ajenas y no empáticas con el perfil de las rutinas cotidianas, de tal manera que por lo regular inducen condiciones de incomodidad, angustia y estrés en las personas, lo que no solo les dificulta su puesta en práctica de manera efectiva, sino que incluso llegan a producir precisamente el efecto contrario y llamar la atención a los delincuentes que siempre están a la caza de posibles blancos.
Otra cuestión muy común suele derivarse de un error combinado de sobrestimar al amigo y subestimar al enemigo al recurrir a medidas de autoprotección que se pueden calificar como activas, tales como el adiestramiento en técnicas de defensa personal y artes marciales, incluso a niveles de alto rendimiento, así como el uso de armas, letales o no letales. El problema en este caso también radica en la condición no profesional del ciudadano común, que para la vertiente de las técnicas de defensa personal y artes marciales suele adiestrarse en condiciones favorables para evitar lesiones, comúnmente de tipo competición deportiva, lo que difícilmente ocurre en una situación real de confrontación, bajo condiciones hostiles y con un adversario dispuesto incluso a asesinar. Situación similar que ocurre pero con condiciones más extremas en lo que se refiere al uso de armas, en particular letales.
En este caso es importante no perder de vista que el delincuente es un profesional en toda la línea, que no solo se prepara física, mental y emocionalmente para la confrontación física, con o sin armas de todo tipo y por lo general en condiciones de abrumadora superioridad, sino que además no tiene ningún escrúpulo en causar lesiones a sus víctimas, incluso fatales. Condición que el ciudadano común por lo regular no llega a desarrollar. Más aún, si los mismos profesionales de las corporaciones de seguridad pública, de procuración de justicia e incluso de las fuerzas armadas, con toda su preparación, equipamiento y apoyo institucional, llegan a encarar muchas dificultades al enfrentar a las fuerzas de la delincuencia, ¿cuáles son las posibilidades reales de un ciudadano común para tener éxito al enfrentar a un delincuente profesional?
Una vertiente de creciente popularidad es la adquisición de equipos de protección, tales como sistemas de protección perimetral, de alarmas, y de videovigilancia, y en círculos con cierto nivel socioeconómico de solvencia, de prendas y vehículos blindados e incluso la contratación de servicios de protección personal o guardaespaldas. En este contexto el problema radica en un fenómeno similar al anterior, de sobrestimar las capacidades y subestimar las limitaciones de los recursos, y perder de vista que estos recursos no son más que una herramienta que ayuda a hacer el trabajo pero que no hace el trabajo. Así, una barrera perimetral dificulta un acceso no autorizado, pero no le impide a un intruso decidido a penetrar, un sistema de alarma avisa que algo pasó, pero no la causa, y un sistema de videovigilancia muestra lo que pasa, pero no puede impedirlo.
Aun cuando la cruda e inflexible realidad apunta a que no existen panaceas para los problemas de seguridad, en la práctica es posible establecer soluciones razonablemente efectivas para hacer frente a los riesgos con alguna perspectiva de éxito. Todo es cuestión de visualizar y valorar con la mayor objetividad y frialdad posible el panorama de factibilidad (lo que es posible) y viabilidad (lo que es conveniente) respecto al perfil real de necesidades o requerimientos. En este orden de ideas y a titulo ilustrativo, se pueden configurar algunos escenarios de realidades para los aspectos descritos como errores, con condiciones que proyecten una perspectiva favorable de éxito para el logro de los propósitos de protección a nivel personal.
Establecer una solución de cobertura total para la seguridad a nivel personal puede ser un objetivo lógico para cualquier individuo por una simple cuestión de instinto de supervivencia, pero constituye una utopía tan inalcanzable como la perfección. Por ello, bajo el principio de que lo perfecto es enemigo de lo bueno, lo recomendable y conveniente es buscar soluciones que cubran las fragilidades y amenazas con mayor potencial de repercusión para el logro de los objetivos personales, obviamente con la propia vida e integridad física como lo más prioritario ya que, aun en el peor de los escenarios de una pérdida total de bienes, se mantendrá la posibilidad de una eventual recuperación, porque mientras hay vida, hay esperanza.